Culpa y responsabilidad en el tiempo de la ciencia

Por Enric Berenguer

Enric Berenguer (foto de Twitter)

De leer un día en el diario que alguien importante se mató tras ser acusado de corrupto, ¿qué diríamos? ¿Que era un enfermo, con una grave depresión más o menos latente? Quizás alguien precisara, alegando datos sobre tiempos mejores del finado, que era bipolar. Antaño se hubiera hablado del honor perdido.

Hoy los hechos predominan sobre las palabras. Y ¿qué es el honor, sino una palabra? Reducido todo a puro hecho, la transgresión de una ley es un tema práctico: importa si hay una condena, si grande o pequeña, la fianza. El condenado, si lo es, saldrá de prisión, venderá sus memorias.

En un mundo objetivado, cierto discurso sobre la ciencia tiene mucho peso. Claro, no se trata de la ciencia misma, a la que esto no le importa, sino de un uso que de ella se hace en la construcción de una racionalidad hoy imperante.

Según esta, la culpa y la responsabilidad no son relevantes, son sentimientos y como tales no importan tanto. Si uno está sano, son pasajeros. Si le duran o le pesan demasiado, debería medicarse. Cosa de autoestima y de serotonina.

Leímos hace poco este descubrimiento: “Científicos comprueban por qué los hombres son infieles”. Argumentos así, buenas coartadas, quizás lleguen a ser plausibles en una discusión de pareja. Ya se sabe… O quizás se olviden hasta la próxima gran noticia.

Descubren la sopa de ajo cada semana, pero no es novedad: el ya se sabe existió siempre. Y, como mínimo desde el siglo XVIII, la divulgación de la ciencia tuvo un lugar notable en la producción de yasesabes para todos los gustos.

Desde entonces toda una reflexión, inspirada en la ciencia, sobre lo que era lo real se volvió un argumento autorizado para decir cómo deben ser las cosas. Así lo ético tiende a reducirse a un “debe ser como es realmente más allá de las apariencias”. Es una creencia en la naturaleza: de un modo u otro, el ser humano debe adaptar su comportamiento a sus leyes ineludibles.

Una de las realidades que se quiso fundamentar enseguida en tal apetito científico generalizado fue la del mercado. Tanto es así, que se dijo podía ser objeto de una ciencia económica. Bentham consideró al interés motor de todo lo humano susceptible de cálculo, como la gravedad, al modo de Newton. Ciencia supuesta en cuyo nombre luego se ha querido acabar con la política. Que se haya diluido la responsabilidad (por ejemplo, con la responsabilidad limitada de las corporaciones y los accionistas) y que esto haya contribuido a la extensión de la impunidad no es un hecho casual: está, permítanme la metáfora científica, en el ADN del invento del mercado.

Mas, curiosamente, el sentimiento de culpa no desaparece. Se transforma, se desplaza, se niega, se proyecta. Persiste en expresiones que surgen, también del inconsciente, como cuando alguien dice, o piensa: “si le ocurre esto a mi hijo no es por mi culpa, son los genes de mi marido”. La negación apasionada de la culpa, en cosas en las que nadie ha dicho que la haya, lleva a cosas extrañas, como la culpa genética. Fantasía sin consecuencias en una pareja, si quien la tiene puede escucharse y acaba riéndose de lo que dice. Pero socialmente es más complicado y ha demostrado a qué conduce. La culpa vuelve tozudamente, más cuando nadie es responsable. Vuelve por donde menos se piensa: por ejemplo, se dice que todo es por las leyes del mercado… pero sean austeros, vivieron por encima de sus posibilidades. Y en todo caso… ¡la culpa es del Otro! ¡Que pague!

¡Arrepentíos! ¿Les suena? Ahora parece que les toca a las mujeres, también a los médicos que las ayuden en un momento tan difícil de sus vidas. Quizás dentro de poco haya mujeres expiando con su dolor quién sabe qué crímenes de otros. Y más buenos médicos en la cárcel que malos banqueros.

El discurso de la ciencia, la ciencia hecha discurso, nos desresponsabiliza. Todo se da por leyes de las que no tenemos culpa. Pero los fundamentalismos, que siempre andan cerca, ya se encargan de poner los puntos sobre las íes. Quizás el uno y los otros formen, sin saberlo, una extraña pareja.

William Blake, Caín y Abel
William Blake – Caín y Abel

(2014)

Fuente: La Vanguardia


Enric Berenguer

Es psicoanalista. Licenciado en Psicología Clínica. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Analista Miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL).
Ha publicado artículos en Freudiana, Colofón, La Cause Freudienne, Opçao Lacaniana, Quimera y El País. Es autor de: ¿Cómo se construye un caso?, Ed. Capitón. col. Seminarios Clínicos, Psiconálisis: enseñanzas, orientaciones, debates, Ed. UC Guayaquil, La significación del falo, Cuadernos del Ines, Nº 3,”Lo social, salvo el amor”, Serie Conferencias Públicas, nº 2, NEL Bogotá 2009, “Elogio de la angustia”, Serie Conferencias Públicas, nº 3, NEL Bogotá 2010, “Paternidad vs. Parentalidad”, Cuadernos del Cid, nº 5, Nel Bogotá 2006, “Depresión y rectificación subjetiva”, en Depresiones y psicoanálisis, Ed. Grama, 2006, “Un sujeto que no atiende al significante”, en DDA, ADD, ADHD, como ustedes quieran, Ed. Grama, 2006.

Publicado por

Mercedes Ávila

Psicoanalista. Escritora. Nació en la ciudad de Posadas. Actualmente reside en la ciudad de La Plata, Buenos Aires. Autora de Treinta monedas de plata (en colaboración), y diversos artículos publicados en libros y revistas especializadas. Administradora de los blogs Red Psicoanalítica y Letras-Poesía-Psicoanálisis. Autora de Niebla Roja (blog).

One thought on “Culpa y responsabilidad en el tiempo de la ciencia”

  1. ¿Quién pecó, él o sus padres? Algo así le preguntaron a Jesús, y de poco sirvió a una cultura impregnada por el cristianismo que él contestara que ni el ciego ni sus padres.
    Ahora retorna la culpa con más fuerza que nunca. Pero una culpa a atribuir a los átomos, ya puestos. Si somos infieles, no es porque aceptemos sucumbir a los encantos de alguien sino porque estamos determinados por nuestros receptores de la vasopresina. Si nuestros hijos son inquietos, será porque hayan heredado de alguien (línea materna o paterna) genes defectuosos.
    Ya nadie cae en depresión; será unipolar o bipolar y, en tal caso, de por vida. También aquí tendrán la culpa los genes que modulan la serotonina, la noradrenalina o la dopamina, alguna amina habrá por el medio para que alguien en un momento dado se mate. También el honor será más amínico que anímico.
    Todos culpables pero, a la vez, todos inocentes, porque la culpa afecta al cuerpo, concebido como máquina informada por genes, por bits a fin de cuentas. En cierto modo, por mucho ateísmo que se prodigue, la culpa se le vuelve a cargar a Dios.
    Nuestro pecado sólo reside ya en no atender adecuadamente al cuerpo con una hipervigilancia ni a sus planos genéticos, mediante análisis ya factibles.
    Siendo obsesivamente vigilantes, desterrando la más mínima imprudencia que exige la sociedad medicalixada, la culpa se desplaza definitivamente a un Dios caprichoso, que juega a los dados con el Universo, incluyéndonos a nosotros mismos.

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