El autista y su voz

Jean-Claude Maleval

Al tratar de reducir el sujeto a su cuerpo, la psiquiatría, hoy día, le confisca su competencia en lo referente al conocimiento de sus propios trastornos. El psicoanálisis parte de la hipótesis inversa. Nadie puede enseñar a los clínicos tanto como el mismo sujeto acerca de su funcionamiento. Ahora bien, el autista «tiene su propio mundo», constataba Lacan en la década de 1950 a propósito de Dick, que había estado con Melanie Klein. Pero, concluía, «como él no nos dice nada al respecto, no tenemos ningún medio para penetrar allí». En consecuencia, el psicoanálisis parece tropezar con un obstáculo en lo concerniente al estudio del sujeto autista, agravado por el hecho de que, durante mucho tiempo, ha habido especialistas que se habían limitado al estudio del autismo infantil precoz partiendo de la hipótesis de que se trata de una patología gravísima, que no deja ninguna esperanza de cura, de tal manera que difícilmente se puede esperar una vida autónoma ulterior.

Medio siglo después de su descubrimiento por Kanner, el autista sigue siendo todavía para muchos clínicos un niño que presenta trastornos graves, que efectúa movimientos estereotipados, se golpea la cabeza contra las paredes, profiere aullidos y sólo dispone de un lenguaje rudimentario. De hecho, constataba Sacks en 1995, resulta extraño que los especialistas del autismo «se conforman con hablar de niños autistas y permanezcan mudos en lo que se refiere a los adultos por este mismo trastorno, un poco como si los niños en cuestión desaparecieran bajo tierra a partir de cierta edad». Y añade: «Pero, por devastador que sea el cuadro clínico que se constata a la edad de tres años, algunos jóvenes autistas, contra todo pronóstico, acaban adquiriendo competencias verbales y sociales lo bastante satisfactorias como para que de ello resulten a veces sorprendentes logros intelectuales —algunos consiguen llegar a ser seres humanos autónomos, capaces de llevar una vida que tiene al menos la apariencia de la normalidad y la plenitud, aunque persista en ellos subterráneamente una profunda singularidad».

El término «autismo» sigue marcado por su origen, que se encuentra en la clínica de la esquizofrenia: como se sabe, fue forjado por Bleuler a principios del siglo XX para describir el repliegue del sujeto en un mundo interior auterótico. Todavía hoy resulta difícil aprehender el autismo sin pasar por el prisma deformande de la psicosis.

Hasta ahora, los psicoanalistas no han tenido muchas oportunidades para escuchar a autistas capaces de expresarse con precisión acerca de su estado. Esto por una razón fundamental: todos testimonian que en el origen de sus trastornos se encuentra una dificultad para tomar la palabra de un modo auténtico, de forma que la propuesta planteada por el psicoanalista resulta ser para ellos inquietante, pues no se adapta a su funcionamiento. Por otro lado, los autistas coinciden en la constatación de que le es mucho más fácil dar cuenta mediante la escritura de aquello de lo que sufren. Tratan de que se les escuche por este medio. Esta es una de las razones por las que Birgen Sellin, autista mudo, teclea con gran dificultad, en 1993, las siguientes palabras en su ordenador:

quiero que tomemos la palabra yo mismo
como podemos
nuestro mundo interior debe ser revelado

Es conveniente que hoy día estos sujetos sean escuchados, de modo que el método de investigación del autismo no se limite a lo que se deposita en las curas, en la práctica entre varios y otras formas diversas de tratamientos. Es un deber para los psicoanalistas prestar atención a las autobiografías de autistas de alto nivel, así como a los textos redactados por sujetos que presentan trastornos mucho más severos, mediante los cuales tratan de dar a conocer la lógica de su singular funcionamiento. Recordemos, por otra parte, que ni Freud, ni Lacan desdeñaron apoyarse en un texto para fundar en él sus respectivas teorías de la psicosis.

Jean-Claude Maleval: El autista y su voz, Gredos, Madrid, 2011, página 11.


Entrevista a Jacqueline Léger, quien habla sobre su experiencia como autista.

Publicado por

Mercedes Ávila

Psicoanalista. Escritora. Nació en la ciudad de Posadas. Actualmente reside en la ciudad de La Plata, Buenos Aires. Autora de Treinta monedas de plata (en colaboración), y diversos artículos publicados en libros y revistas especializadas. Administradora de los blogs Red Psicoanalítica y Letras-Poesía-Psicoanálisis. Autora de Niebla Roja (blog).

3 comentarios en “El autista y su voz”

  1. A través de sonidos, movimientos y lenguaje no-verbal también se abren medios de comunicación. Este es el trabajo de la musicoterapia. Altamente recomendable.

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  2. Quien crea que la psiquiatría basa el entendimiento del autismo en “reducir el sujeto a su cuerpo” no ha leído un artículo no-psicoanalítico sobre autismo publicado en los últimos 30 años. Basta con dirigirse a la amplísima obra de autores como Baron-Cohen para percatarse de que el entendimiento de esta enfermedad desde un punto de vista biopsicosocial que se ha alcanzado afuera del psicoanálisis es enorme y no sólo se reduce a su dimensión neurológica, y que de paso estos trabajos han servido para entender la subjetividad humana más allá de esta patología.
    Estoy de acuerdo en que es crucial que quienes padecen esta enfermedad sean escuchados y ayudados a encontrar sentido en su experiencias, pero la noción de que el psicoanálisis realiza esta función donde otros fallan me parece retrógrada y ridícula, contraria a lo que el psicoanálisis debe ser hoy en día.

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