En el nombre del padre, entrevista a Judith Miller

por Pablo Zunino

Hija de Jacques Lacan, el gran renovador del psicoanálisis, y esposa del polémico Jacques-Alain Miller, la presidenta de la Fundación del Campo Freudiano jamás se tendió en un diván como paciente ni tampoco ejerció la clínica, pero lidera una de las escuelas psicoanalíticas más importantes del mundo

Judith Miller, fotografía de Guillemo Giansanti (2011)
Judith Miller, fotografía de Guillemo Giansanti (2011)

Tiene bellísimos ojos claros, rasgos afilados y pómulos altos, la sonrisa siempre a flor de labios y un encanto cuyo mayor atractivo radica en esa austeridad de los verdaderos portes imperiales. Nació bajo el nombre de Judith durante la Segunda Guerra y ya va por el tercer apellido. El autor Georges Bataille le dio el primero. Sabía que su mujer, la actriz Sylvia Maklés, estaba en amoríos con Jacques Lacan, un antes y un después en la historia del psicoanálisis, y que éste era el verdadero padre de la niña. Pero como todavía no habían firmado el divorcio, para la ley francesa el apellido del escritor era la única salida posible para inscribirla en el registro civil. Luego, sí, fue por fin Judith Lacan hasta que, al casarse, se convirtió en Judith Miller. Bajo ese nombre, esta doctora en filosofía preside la Fundación del Campo Freudiano. Vino a Buenos Aires para encabezar las concurridísimas sesiones del XI Encuentro Internacional del Campo Freudiano (el tema central fue “La sesión analítica”) y las del II Congreso de la Asociación Mundial del Psicoanálisis.

-¿Qué se imaginaba del trabajo de su padre cuando era pequeña?

-Era terrible cada vez que tenía que llenar papeles de la escuela. En francés, “psychanalyste” lleva dos “y”, y es muy difícil de escribir (risas). Era una niña que veía llegar al consultorio gente que sufría. Y recuerdo cambios en los pacientes: poco a poco no los podía reconocer. He visto cambios en dirección a un lugar donde la vida parecía posible para gente que estaba completamente trabada en la dificultad de vivir.

-Editó un libro de fotos para contar la vida de su padre. ¿Por qué no un texto?

-Porque pienso que cada cual hace las cosas a partir de sus propias capacidades. Tenía el privilegio de tener muchas fotos de mi padre. No tenía ni tengo con qué hablar mejor que los otros que hablan de su obra, o mejor dicho (se corrige), que algunos de los otros.

-¿Algunos?

-Sí, porque hay algunos que hablan de afuera. Hay muchos textos que son completamente falsos, o sin interés, o un poco parásitos.

-¿Se refiere, por ejemplo, a la biografía que escribió Elizabeth Roudinesco?

-No, porque no habla de la obra, habla del hombre.

-Hubo calificados lectores que la interpretaron como una historia no oficial muy útil para asomarse de otro modo a la obra de Lacan.

-No habla de la obra, habla del hombre.

-En Imágenes de mi padre no aparecen tomas que retraten a sus medio hermanos Thibaut y Sybille, hijos del primer matrimonio de Lacan.

-Fue decisión de ellos y la respeté.

Por testamento de Jacques Lacan, Judith fue nombrada heredera casi absoluta, y eso provocó duros enfrentamientos en la familia. Además, Sybille, una de las hijas desheredadas, escribió su propio libro acerca de su padre. Una relación complicada y dolorosa, según se desliza en ese relato. Al respecto, Judith Miller aclara: “Ese tampoco es un texto sobre la obra de mi padre. Es sobre su padre, que era también mi padre. No hablamos del mismo hombre”.

En el libro editado por Judith, tres fotos muestran al padre y a la hija en Estocolmo, en 1963, durante el agitado congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) en el que se cocinó la expulsión de Lacan, por presuntas transgresiones a las reglas del psicoanálisis “ortodoxo”. En el epígrafe dice: “Me sentía como un balón de oxígeno”.

-Lo llevé en auto desde Nápoles hasta allí. Un viaje muy largo. Entendí mucho después lo que estaba pasando. Cuando mi padre volvía del congreso, caminábamos por la ciudad y después cenábamos. Era conmigo con quien él podía no pensar en las cosas sórdidas que ocurrían dentro del ámbito psicoanalítico. Yo era su oxígeno.

-Después de la muerte de Lacan, usted quedó como presidenta de la Fundación del Campo Freudiano. ¿Alguna vez participó en negociaciones sórdidas?

-Nunca. Tuve la suerte de ubicarme en la historia del psicoanálisis directamente como presidenta del Campo. En Estocolmo empezaba la separación definitiva entre Lacan y la IPA. Él pensaba que ya no tenía nada más que hacer allí, y cortar la relación lo alivió. A partir de ese momento trabajó con los suyos.

-También a Lacan lo abandonaron discípulos y colegas. Y, después de su muerte, la corriente lacaniana se fragmentó.

-Fue entonces cuando la IPA pensó que el movimiento lacaniano iba a morirse con él. Yo y algunos otros hemos tomado la responsabilidad (que se nos imponía) de impedir ese entierro.


Fieles y herejes

Desde que Freud fundó la Sociedad Psicoanalítica de Viena hasta el presente transcurrió un agitado siglo de historia del movimiento psicoanalítico. Hoy prima la diversidad, con distintos modelos institucionales que le permitieron, pese a todo, su supervivencia, en un momento caracterizado, además, por una fuerte disputa entre el psicoanálisis y otros saberes, otras prácticas “psi”, en el terreno terapéutico.

-Freud hizo lo que pudo con la institución. Con Lacan, en 1964, se operó un corte histórico, porque él reflexionó sobre el peligro que representa la institución psicoanalítica para el psicoanálisis. Su preocupación por abrirle a éste un porvenir no fue ni es compartida por todos. Hay muchos analistas que viven muy bien sin preocuparse por el futuro. Muchos alumnos abandonaron a Lacan porque pedía demasiado. Profesionales bien instalados, con clientela y reputación, se pusieron ferozmente en su contra cuando él les dijo que los que pueden enseñar algo son aquellos que acaban de concluir su propio tratamiento y que van a empezar a trabajar como analistas. Los alumnos experimentados rechazaron esa idea un poco loca. ¿Cómo un jovencito podía saber más que un veterano?

-Cuando murió Freud, su hija Anna tomó las riendas del psicoanálisis, para evitar las desviaciones. Sé que la comparación no le gusta pero…

-Por supuesto, porque también soy la hija de otro gran psicoanalista. Ella hacía sus elecciones en nombre del padre, pero en contra de la obra de él. Ahora no estoy amenazada por esa imagen, pero es verdad que he rechazado implicarme en la experiencia analítica como analista.

¿Interviene en discusiones sobre casos clínicos? ¿Desde qué punto de vista lo hace, si no tiene experiencia ni en el sillón ni en el diván?

-Hemos retomado la reconquista del corpus freudiano en los países del Este. Allí, el psicoanálisis es una novedad completa. Empezamos en el momento de la Perestroika y fue un éxito. Después no hicimos nada hasta el 98, cuando pensé que no teníamos que olvidar el porvenir en esos países. Este momento de mundialización implica que el psicoanálisis está en el mundo entero. Creo que las conferencias en la universidad no son la mejor vía para dejar huellas. Eso sólo no surte ningún efecto en países donde existen el gestaltismo, el conductismo y toda la panoplia de las psicologías. Nos pareció, más bien, que el camino era trabajar con los clínicos en sus dificultades concretas. Fue así como me vi llamada a hablar de clínica cuando no soy clínica y no tendría que hablar de clínica. Empecé a discutir sobre casos hace uno o dos años a lo sumo. Puede ocurrir que tome la palabra en una reunión, pero nunca lo hago sin haber discutido previamente con un analista acerca del caso.

Su marido, Jacques-Alain Miller, es el curador de los textos de Lacan, tiene práctica como analista desde hace más de veinte años y es un teórico de extensa producción. A lo largo de su trayectoria, cosechó adhesiones fervorosas (en el congreso realizado en Buenos Aires participaron casi 1200 profesionales) y críticas durísimas de otros seguidores de Lacan. Según ellos, la lectura del yerno se autoerigió como la única posible con respecto a la obra del suegro. Entre las muchas actividades que desarrolló aquí, dio una conferencia por invitación de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, institución que forma parte de la IPA, la misma que expulsó a Lacan. Hace quince años, por poner una fecha, ese encuentro habría sido impensable.

-En ese momento, a mediados de los 80, el Campo Freudiano tenía ocho años de existencia. Ya había muchos lectores de la obra de Lacan en la Argentina, pero los grupos no estaban constituidos en escuelas.

-No es así. Ya existía la Escuela Freudiana de Buenos Aires, entre unas cuantas más.

-Pero estaba fuera del Campo Freudiano. Pienso que Miller puede aceptar hoy esa invitación porque existe la Asociación Mundial del Psicoanálisis, con diversas escuelas en Europa, Latinoamérica y Francia, entre otros lugares. Hoy hay otra posibilidad de debatir con la IPA.

-Comparte tareas con su marido. Se dice que las personas que trabajan en empresas familiares suelen padecer cierto malestar. ¿A usted le pasa algo de eso?

-En chiste, en nuestra pareja decimos que tenemos que venir a Buenos Aires para hablar juntos sobre psicoanálisis. Miller es un analista con un trabajo propio muy importante. Está muy ocupado en París. Salvo en situaciones excepcionales, al final de día no hablamos demasiado del tema. Además, no tengo la impresión de participar en una empresa familiar.

(2000)

 

Fuente: La Nación

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Publicado por

Mercedes Ávila

Psicoanalista. Escritora. Nació en la ciudad de Posadas. Actualmente reside en la ciudad de La Plata, Buenos Aires. Autora de Treinta monedas de plata (en colaboración), y diversos artículos publicados en libros y revistas especializadas. Administradora de los blogs Red Psicoanalítica y Letras-Poesía-Psicoanálisis. Autora de Niebla Roja (blog). 2015 - Integrante de la Red Psicoanalítica 2014-2015 -Directora del Centro Atención Psicoanalítica Platense (CAPP) 2011-2013 -Integrante de comisión directiva Acción Lacaniana

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