La fase final del análisis

Colette Soler

Colette Soler

Fragmentos del primer encuentro del seminario “El fin y las finalidades del análisis” ¹ dictado en 2011, en Buenos Aires


La cuestión del análisis terminado

[Lacan] Él exigió un fin y tuvo  diversos motivos para eso. En principio lo exigió por una razón (creo que logré captarla), y es que las finalidades del análisis —o sea su ética, eso a lo que apunta— dependen  del fin,  ya sea que se lo considere posible o no.

(…) Así es que no hay doctrina del fin de análisis en Freud. Y por eso es lógico  que el análisis del analista no le parezca más finalizado que otro, o incluso más breve. De allí su propuesta de que convendría retomarlo periódicamente.
Desde el inicio de su enseñanza, Lacan se mostró insatisfecho con esa idea. Creo que si Lacan planteó el final como algo exigible es porque él mismo fue analizante, lo que no fue el caso de Freud a pesar de lo que se denomina su “autoanálisis”. Que haya un fin identificable es una exigencia analizante.

(…) Al final de su enseñanza, habiendo puesto en evidencia la función del inconsciente-lalengua, real, y la no-relación/proporción sexual, se podría decir que introdujo una ética del síntoma: un análisis orientado hacia lo real, denunciando el riesgo de que el psicoanálisis se convierta en una religión del deseo.

(…) Hasta El atolondradicho, cuando Lacan decía “real” se trataba de lo real de lo simbólico —modo en que reformuló la represión originaria de Freud: lo imposible de formular o de escribir—. Pero lo real que inscribió en el nudo borromeo es otra cosa: es un real completamente fuera de lo simbólico, que implica un fuera de sentido radical, y que Lacan a veces identificó incluso con el campo de la vida, del goce del cuerpo viviente —a punto tal que esté no es sin lalengua: se trata del goce del cuerpo viviente del hablante.

El deseo de no saber

(…) ¿Por qué Lacan no siguió esos desarrollos y jamás se mostró entusiasta ante esa curiosidad infantil? Creo que en este tema Freud se dejó embaucar, aunque su mérito sea el de haber captado que esas preguntas eran inseparables del saber y del goce.
¿Qué supone que quieren saber los niños? Freud cree en esas preguntas y supone que querrían saber lo que ocurre en la cama de sus padres, saber algo acerca del goce del que están excluidos pero que igual aparece representado en sus teorías sexuales infantiles a partir de los goces pulsionales a los que sí tienen acceso: mirar, comer, ensuciar… En síntesis, de todos los goces pulsionales que los humanos tienen en común y a partir de los cuales han fabricado todo un bestiario. ¿Y por qué, entonces, los niños no se contentan con las respuestas y prefieren continuar preguntando, es decir constituyendo un sujeto supuesto saber del sexo? Se trata de lo contrario de un deseo de saber.

(…) Si hubiera un deseo de saber referido a lo real del goce, cuando la experiencia de goce se presenta —esas cosas entrevistas o entreoídas, experimentadas en el cuerpo propio, que definen al trauma según Freud— el sujeto… ¿no debería responder con un ¡Eureka! entusiasta? ¡Finalmente sabe, sabe lo que no se dice  ni se imagina! Pero no, hay horror. El horror al saber es interno al trauma, es por otra parte lo que explica por qué la variable individual, ética, desempeña allí su papel —y Freud lo captó—. A la vez es posible percibir que las preguntas de los niños no traducen un deseo de saber en la medida en que éste sólo puede apuntar a lo real. Al contrario, esas preguntas portan un deseo de simbólico, un deseo de palabras, de escenarios… O dicho de otro modo: un deseo de semblantes.

(…) Resulta difícil entonces pensar que el deseo del analista pueda tener su precursor en la curiosidad infantil. La curiosidad infantil, por lo contrario, puede ser precursora de la demanda analizante, porque quien llega al análisis hace un llamado al significante y al sujeto supuesto saber, similar al del niño curioso y, como aquel, desconoce su horror al saber.
Lo imposible de saber y las consecuencias del saber sólo se descubren verdaderamente en el análisis, a partir de la transferencia que postula un “yo sabré puesto que el Otro sabe”. Es una esperanza… Pero habiendo comenzado a saber mediante la producción de los S1, finalmente se descubre que no se alcanza un S2 (un saber que sería la última palabra), y que los significantes disponibles sólo programan el goce castrado —el término es de Lacan—. El horror responde a lo real, a los efectos de la estructura. EL trayecto va entonces de la espera decepcionada al horror, ese horror sobre el que Lacan pone el acento desde los años ’70.
Querría realizar dos señalamientos. Se trata de una curiosa promesa para hacerle al mundo: ¡vamos a decepcionar su espera de transferencia hasta el horror! Sería mucho peor que el tope freudiano si esta fuera la última palabra. Y luego, el otro punto: situado este horror… ¿por qué el sujeto no emprende inmediatamente la fuga y, más aún, por qué increíblemente a menudo quiere convertirse en analista?

Una satisfacción que no engaña

“El espejismo de la verdad, del que sólo cabe esperar la mentira (…) no tiene otro término que la satisfacción que marca el final del análisis.” ²

(…) Según Lacan, y es como su testamento, el espejismo no puede detenerse por la producción de ninguna conclusión articulada, por ningún matema. Sólo se detiene porque aparece una satisfacción nueva que pone fin a la satisfacción requerida por las dos insatisfacciones. Esta satisfacción no es un factor de fin entre otros, sino el único -si seguimos a Lacan-. “No hay otro término”, afirmó. Entonces no se trata de una satisfacción que resulte de una fórmula de conclusión, como todas esas de las que Lacan habló hasta ese momento, sino una satisfacción que vale como conclusión y que pone término al proceso en acto; y que además es urgente producir para que el analizante salga de los tormentos de la doble insatisfacción-gozante.

(…) Entonces, experimentar el embrollo es adquirir un saber acerca de la estructura, incluso un saber hacer-ahí, pero dejar de gozarlo no depende de la estructura. ¡Eso es lo novedoso! Lo novedoso de Lacan respecto de su propia enseñanza, y realmente mucho más cercano a la experiencia que todo lo que se ha elucubrado —especialmente en la AMP— acerca del fin mediante una fórmula o matema del fin. Digamos que es una satisfacción que no engaña. Retomo aquí la expresión que Lacan aplicó a la angustia. Es una satisfacción propia de la experiencia analítica, testimonio de que se le ha puesto término al espejismo.

(…) Entonces, si el fin no depende ineluctablemente de las coerciones de la estructura… ¿quién dirá entonces que es posible? Y bien, los únicos que pueden dar testimonio de ello son quienes lo han experimentado, porque para quienes no lo experimentaron está aún en cuestión. Y es una de las razones del dispositivo del pase: permitirnos escuchar aquello que podemos llamar los testimonios del fin posible.

(…) El inconsciente fuera de sentido no está fuera del goce, sus Unos son gozados, y la palabra de verdad está saturada de gocentido [joui-sens], goce del sentido. Entonces, en la fase final donde el analizante se balancea entre verdad y real, son esas dos satisfacciones las que se conjugan en una satisfacción específica, propia de cada uno. Hay coherencia entre las dos nuevas formulaciones: el inconsciente como goce del significante y los afectos de fin. El fin es un cambio de goce.

¿Urgencia de satisfacción?

Cambiar de goce no es renunciar al goce. Asumir la pérdida del duelo y cambiar de goce son dos cosas diferentes. Sería necesario dejar de decir que el fin es una elisión, una negativización del goce. El analizado no es el héroe de la renuncia al goce, a pesar del nuevo deseo del analista. No es del todo la idea de Lacan del ’76: un goce cesa ciertamente, pero en provecho de otro. Lacan nos acostumbró a pensar el deseo en oposición al goce, y a funcionar con un esquema mental un poco elemental que puede formularse así: a menos goce, más deseo. Pero lo que el texto dice con todas las letras es lo siguiente: un goce, el que marca el fin, pone fin a otro, el que sostenía el proceso. Y esto nos obliga, o debería obligarnos a pensar el deseo del analista no sólo en términos de negativización de goce. Por otra parte, Lacan pudo decir a propósito del analista —y mucho antes del año 1976— que habría que preguntarle, cito de memoria, qué del goce lo determina.


¹Colette Soler: “La fase final del análisis” en El fin y las finalidades del análisis, Letra Viva, Buenos Aires, pp. 11-35

²Jacques Lacan: “Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11” en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 600.


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El pase, entonces, se terminó

Sebastián A. Digirónimo

Comentario de la clase del 25 de marzo de 2009 del curso Sutilezas Analíticas de Jacques-Alain Miller


Primer punto es el título de la clase: “se terminó, entonces, el pase.” Es un condicional que nos remite a la lógica. Podemos leerla forma lógica de las premisas y la conclusión. Se trata, ciertamente, de una conclusión. Y de una conclusión en el sentido de la lógica.

Así se le presenta a ese analizante la cuestión del fin, pero podemos tomarlo al revés para sostener algunas cosas acerca del pase. Por eso quería, en el comentario, llegar a la fórmula inversa: “el pase, entonces, se terminó.” Esto se puede formular radicalmente de la siguiente manera: sin pase no hay fin de análisis. Hacia allí querría empujar la lectura.

Esa sería una enseñanza que podemos extraer de “Se terminó,entonces, el pase.” Pero preferiría extraer una doble enseñanza y, por tanto, un segundo punto. Ese segundo punto, que está a lo largo de todo el testimonio, encuentra su punto más alto cuando Miller señala lo del Eclesiastés: hay un tiempo para cada cosa y, por lo tanto, en un análisis no se pueden ahorrar pasos.

Punto uno, entonces, sin el pase no se termina. Esto queda bien claro en la página 206¹, cuando el analizante devenido psicoanalista señala esa frase que considera la descripción exacta de su acto hacia el pase. Dice: “no sé dónde voy, pero allí voy.” Esa frase no sólo es una definición del último paso del análisis sino una definición del análisis todo. De principio a fin el análisis debería estar marcado por un “no sé dónde voy, pero allí voy.” Esto queda mencionado con claridad al señalar el consentimiento del analizante al acto psicoanalítico. Solano comenta el testimonio y señala “cómo prueba, demuestra que esta salida del análisis y esta entrada en el pase, este pasaje de analizante a analista, no es más que una consecuencia, en el fondo, del acto analítico al cual el analizante consintió.” Entonces ahí tenemos que empujar la lectura y preguntar si, sin esta consecuencia lógica, hay acto y hay fin.

Para intentar una respuesta a estas preguntas tenemos que ir a lo básico: lo primero es la definición misma de lo que descubre el psicoanálisis y a lo que se reduce todo el mundo humano, es decir, el mundo del ser que habla. Justamente por ser hablante se abren al mismo tiempo dos dimensiones: la del saber y la del goce humano. Pero en ese mismo movimiento se descubre que ese saber es siempre menor que ese goce: eso se llama trauma. Por habitar el lenguaje → saber y goce; pero saber < goce. Es decir: hablar hace surgir un saber y un goce que están desproporcionados; no hay proporción entre ese saber y ese goce. Esto es lo que quiere decir el famoso no hay relación sexual, que es el descubrimiento del psicoanálisis. El descubrimiento de Freud es, ciertamente,el inconsciente, pero el inconsciente es, justamente, que no hay relación sexual. Agreguemos esto: Freud hace un descubrimiento y una invención (lo dice Lacan); descubre el inconsciente e inventa un modo de tratarlo, que es el dispositivo psicoanalítico.

Esto nos hace pasar al segundo punto, que tiene que ver con qué esperar de un psicoanálisis. No hay que esperar, por supuesto, la desaparición del trauma. No hay que esperar la curación de la desproporción. Más bien lo que hace el psicoanálisis es demostrar lo incurable. Lo incurable de esa desproporción (que podemos llamar también inadecuación de la verdad para ceñir lo real.) Se puede decir que el psicoanálisis no cura del inconsciente por el simple motivo que un analizado (es decir alguien que llega al fin del análisis) no deja de ser un ser hablante. Pero sí se puede esperar curarse del tratamiento espontáneo que hace el sujeto de esa desproporción incurable. Ese tratamiento espontáneo se llama neurosis (o perversión o psicosis, pero vamos a concentrarnos en la neurosis, por donde entra Freud mismo.) Ese tratamiento espontáneo implica la religión del Otro; es decir, creer en ese Otro que se supone que sabe o goza. Esa suposición es, por supuesto, el sujeto supuesto saber. (Dos ejemplos rápidos: un paciente dijo una vez: “yo creo que vos sabés qué me pasa pero no me lo decís para que yo llegue a descubrirlo solo.” Esto del lado del saber, y lo que dice es agudo pero, al mismo tiempo, neurótico. Ese “que yo llegue a descubrirlo solo” está bien, pero que hay Otro que sabe es lo que debe caer. Del lado del Otro que goza, otro paciente dijo: “yo creo que me contagió a propósito”, también, “para mí toda la gente es mala.” El colmo de esto lo roza hablando de una mujer a la cual él no quiere ver más porque él tiene cierto problema y no quiere abrumarla con eso, ella le dice que eso no le importa y que ella quiere seguir con él, sin embargo, él toma distancia de ella y, después, se queja porque la nota fría y distante y dice “me decepcionó.”)

Entonces, de lo que cura el psicoanálisis es de ese tratamiento salvaje de la desproporción que se llama neurosis y que implica la religión del Otro. Ese Otro es el parche salvaje sobre la desproporción entre saber y goce. Por supuesto que el fin del análisis implica, así, la destitución del Otro. (Hay que notar la ambigüedad de la palabra fin, que es el final, el término, pero también la meta o el objetivo.)

Vamos a lo tercero: curar la religión del Otro implica el acto. (Algunos inventan el neologismo de acteísmo, por acto y ateísmo, como el movimiento de la destitución del Otro.) Es fácil entender cómo esto lleva a la curación de la neurosis. Tomemos los dos ejemplos de aquellos pacientes y veremos que sería fácil notar que el Otro no sabe ni goza si hubieran llegado a soportar que el Otro no existe. Aquello de que el psicoanalista no se autoriza más que en sí mismo quiere decir que no se autoriza en el Otro por eso mismo, porque el Otro no existe. Y en este lugar hay que hacer una precisión: el Otro que no existe del fin del análisis no es el Otro que no existe de la época actual. El Otro que no existe de la época actual es otro desdibujado, impotente, inútil, incluso podemos tomarlo como el lugar del Otro vacío, pero el lugar sigue allí y la pasión del neurótico sigue tan vigente como siempre o, quizá, más. El Otro que no existe del fin del análisis es completamente distinto. No está desdibujado, ni es impotente, ni es un inútil, simplemente porque no está más.

Vuelvo al principio de este punto tercero. Curar la religión del Otro implica el acto. Soler habló alguna vez de la resolución de la neurosis como del fin de la vacilación neurótica sobre el Otro. Eso está muy bien por un simple motivo: fin de la vacilación es una definición del acto, quizá la mejor definición del acto.

Resumamos: 1) ser hablante y, por lo tanto, no hay relación sexual. 2) Religión del Otro como tapón salvaje del punto anterior. 3) Acto psicoanalítico.

Este resumen es un psicoanálisis en sus líneas mínimas o en sus rasgos mayores.

Después de este resumen en tres pasos, entonces, volvamos a eso que el psicoanálisis pone de manifiesto: lo incurable. Es lo incurable lo que hace llegar a la tesis de que sin el pase no hay fin de análisis. (Por supuesto, mucho más acá, en el psicoanálisis no hay “alta” –como se oye de tanto en tanto: “le di de alta” o “me dio el alta.”)

Podríamos incluso vaticinar algo: dentro de diez o quince años todos van a comenzar a decir, como algo natural que hoy les parece demasiado brusco, que sólo el pase es el que implica el fin de análisis (y que un análisis que finaliza sin que el analizante se precipitara en acto a dar el pase no es un análisis finalizado –incluso si ese analizante que hiciera el pase no fuera nunca un psicoanalista practicante.)

El punto es, por lo tanto, “el pase y lo incurable.”

Vamos a dejar a Miller de lado por un momento y concentrarnos en algo que está en el último libro de Soler. Allí ronda la tesis de que sin pase no hay fin de análisis pero no llega a decirla de lleno. Trascribo (y pongamos el acento en que a lo que dice le falta cierta radicalidad, es decir, cierta fuerza): «No basta un analizado para producir un analista: además se necesita una posición que no todo análisis produce. Es lo que Lacan desarrolla en su “Nota italiana” con consecuencias para el dispositivo del pase: si haber ceñido su “horror de saber” no ha conducido al candidato al entusiasmo, “devuélvalo a sus caros estudios”, dice Lacan. Dicho de otro modo, no será AE, analista de la Escuela. Esto es lo que distingue claramente el análisis terminado del análisis del analista. A decir verdad, esta tesis ya estaba presente desde el “Discurso de la EFP”, pero parece no haber sido leída. Ya decía Lacan: “el no analista no implica el no analizado” y, contra toda psicologización del deseo del analista que no puede funcionar como atributo, subrayaba en esa época que en lo único que hay que reparar es en el acto analítico.»

Lo que le interesa a Soler, como parte del libro que tituló Los afectos lacanianos, es ese entusiasmo que ella toma como afecto. Dice que no importa el “término del análisis en lo que al saber se refiere, sino de seleccionar según el efecto de afecto de ese saber.” Entonces cita a Lacan: “si no es conducido al entusiasmo, bien puede haber habido un análisis allí, pero de ser analista no tiene ninguna posibilidad.”

Volvamos hacia atrás. El saber tiene relación con el goce, por lo tanto el fin de análisis relacionado con el saber tiene que ver con la ética. La ética del acto analítico es lo que permite leer correctamente eso que Lacan llama entusiasmo. ¿Se trata de un afecto o hablamos de otra cosa? ¿Qué es el entusiasmo del fin de análisis? Parece estar relacionado con las dos metáforas que produce un psicoanálisis que llega al fin. Donde había un analizante aparece un psicoanalista y donde había un psicoanalista aparece la causa psicoanalítica. Esta doble sustitución, es decir esta doble metáfora, se da a un mismo tiempo. Si se separan, no hay fin de análisis verdadero. Notemos que, separadas, la primera parte tendría que ver con un análisis interrumpido en un momento avanzado pero sin eso que Lacan llama entusiasmo. El verdadero fin de análisis tiene que ver con la segunda metáfora unida a la primera. Que, podríamos decir, es más estable con respecto al acto.

Hay que radicalizar, entonces, y decir que el horizonte de todo análisis es un psicoanalista que es la superficie de decir que el horizonte de todo análisis es sustituir un psicoanalista por la causa psicoanalítica y, por lo tanto, no hay fin de análisis sin pase.

Creo que se ve la radicalidad de lo que decimos.

Otro ejemplo más. La conclusión que saca Soler en esa parte del libro es esta: «hacer de un afecto como el entusiasmo, más allá del saber adquirido, el signo del analista, es indicar que el Eureka de saber no basta, que está subestimado y que la “insondable decisión del ser” en su contingencia se pone en el candelero. Dicho de otro modo, el deseo del analista –quizá raro, a distinguir además del deseo de ser analista, que le es frecuente– no es para todo analizado.»

En esa insondable decisión del ser está el consentimiento del cual se habla en el testimonio. Pero a esto le falta algo. Primero, decir que ese debe ser el horizonte de todo análisis, aunque no se llegue allí. Pero más importante es lo siguiente: hay que considerar lo incurable. ¿Qué haría analizado del analizante sin el pase? Y esto queda más que claro en el testimonio. Es el acto hacia el pase  lo que termina con el análisis en cuestión. El “se terminó, entonces, el pase” es el motor que lleva al final, pero el final no es “se terminó” sino “el pase” (por eso “el pase, entonces, se terminó.”) Nunca se trató de una ganancia de saber, como dice esta mujer, sobre todo porque hablando así el saber no es saber sino conocimiento. El analizado, para esta frase, es alguien que se conoce más a sí mismo. Pero el saber es goce, y se trata de una nueva relación del sujeto con el goce (hay una clara diferencia entre saber sobre el goce, saber-hacer con el goce y, para peor, saber-hacer-ahí con el goce.) Con el goce, además, incurable. El entusiasmo es esa nueva relación y el pase es la única forma de verificarlo. Por ende, sin pase no hay análisis concluido y, claramente, sin pase no hay analizado, sigue habiendo analizante (por eso las dos metáforas deben ir juntas.) Esta es la conclusión radical a la cual todavía no se llega. Estamos en el umbral. Los que abren camino llegarán a ella, podemos suponer, en algunos años. Sin embargo, se trata de una conclusión lógica desprendida de lo que enseña el psicoanálisis: lo incurable (el psicoanálisis no enseña una cura sino lo incurable.) Repitamosla conclusión lógica que se desprende de aquí: sin pase no hay fin de análisis.

Para terminar podemos extraer un axioma y, al mismo tiempo, una conclusión de todo lo que venimos diciendo: el sujeto natural trabaja para lo incurable y el pase implica poner lo incurable a trabajar para la causa psicoanalítica.

Segundo punto, o segunda enseñanza, que es mucho más explícita en el testimonio, dijimos: lo que menciona Miller acerca del Eclesiastés, es decir, hay un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha. Esto queda perfectamente marcado en el testimonio en la lógica de las dos interpretaciones (ambas, por supuesto, generadas por el lector, es decir, por el analizante.) Queda claro que sin la primera no habría posibilidad para la segunda. Sin el “debería haberme hablado de eso” no hay posibilidad del “usted ama demasiado a sus fantasmas.” Sin la unión S1-S2 no había posibilidad de separarlos (S1//S2) en un segundo tiempo. Llega al desierto por haber gozado hablando. Esto es lo que Tarrab señalaba como “hacia lo real pero con amor por el inconsciente” y que puede decirse “el último Lacan pero a través del primero.” Lo dice el testimonio (página 209): “lógicamente, había que pasar por el inconsciente transferencial para que la segunda interpretación pudiera surgir.” Lo que sostiene esa lógica es, claramente, el acto psicoanalítico en su doble faz señalada en el mismo testimonio: “el acto del analista, necesario al acto del analizante en su pasaje a analista.”

En la página 214 Miller señala muy bien esta cuestión (allí lo del Eclesiastés): “hay un tiempo para gozar de hablar, un tiempo en que gozar de hablar sirve a la verdad –es la condición para acceder a ésta– y hay un momento en que gozar de hablar bloquea, digamos, el acceso a lo real, aunque ha llegado la hora.” Un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha. Podemos decirlo así: un momento para la verdad y un momento para su fracaso en ceñir lo real. Esos momentos están articulados por el acto psicoanalítico.

Esto tiene que ver con el concepto de ficción y, por lo tanto, con qué hacemos con lo simbólico. El que separa fiction de non-fiction no toma en serio la ficción. Tampoco la toma en serio el que cree que se puede llegar al sinthome sin pasar por el fantasma. El sinthome, que une síntoma y fantasma, no abole esos dos términos por separado. Se trata de un camino que no se puede no recorrer. De síntoma y fantasma al sinthome y retorno. El ahorrarse el trabajo de pasar por la ficción  es como querer volver de la playa sin haber ido primero a ella. Y éste, un poco burdo, es, sin embargo, un buen ejemplo. Porque justamente hay que ir y volver para descubrir que uno está, al final, en el mismo lugar, pero de otra manera.

Desde acá, volvamos por un momento al pase: un día alguien mencionó el famoso libro de Pierre Rey como ejemplo de un psicoanálisis que llega al fin sin generar un psicoanalista (en el sentido de un practicante del psicoanálisis.) La pregunta que se presentaba era, entonces, si había generado un psicoanalista o no. Podemos decir, como se dijo en ese momento, que sí. Pero también podríamos sostener lo de antes y llegar a decir, con toda la fuerza, lo contrario: que un psicoanálisis que no desemboca en el pase no llegó a su fin. Para esto vamos a tomar algo que Miller dijo en 1997: «la finalidad [del pase] es que el desprendimiento de la cura no se concluya por un desprendimiento del psicoanálisis como disciplina, porque hay algo en el funcionamiento del mismo psicoanálisis que amenaza la existencia del psicoanálisis. Hay como una pendiente interna del psicoanálisis que conduce al sujeto fuera de una comunidad analítica.» En este punto tenemos que tratar de anotar algunas cuestiones que nos marcan qué es eso que genera este resultado. Y el esclarecimiento mejor lo encontramos en su reverso. Nos preguntamos qué lleva al sujeto a entrar en una comunidad analítica y encontramos que la respuesta suele ser reconocimiento y brillo. Un psicoanálisis, en ese punto, lleva hacia el otro lado. De hecho lo primero que suelen decir muchos que no llegaron al pase, al hablar de él, es para qué haría el pase alguien que llegó al final del análisis si no le importa ya el reconocimiento. Podemos decir que quien se hace esta pregunta así, ciertamente, muestra que no llegó al pase en la pregunta misma. Volvamos a decir, entonces, que quizá un psicoanálisis que llega a su fin y no desemboca en el pase podría ponerse en duda como terminado. Y que sería conveniente ponerlo en duda. Quizá la conclusión lógica de un psicoanálisis es el pase (y sin el pase no hay conclusión lógica.) Otro párrafo: «en Lacan existía la idea que se podía dejar funcionar el discurso analítico de manera pura pero a la salida tomar de nuevo al sujeto para introducirlo en la Escuela. Es decir, no dejar el saber en un estado de suposición. La cura analítica no puede funcionar si no es con el saber en estado de saber supuesto y eso conduce al analista al desprecio del saber expuesto. En este sentido, la Escuela hace esfuerzos en contra del funcionamiento natural del psicoanálisis.» En este punto tenemos que seguir preguntándonos lo de antes: si en ese funcionamiento natural del psicoanálisis se puede hablar de un final de análisis o si para eso es necesario darle lugar a este esfuerzo que va, de alguna manera, en contra de ese funcionamiento natural o espontáneo. Y agreguemos una cosa más: «la idea de Lacan, para la Escuela, era que daría el paso al saber expuesto. En eso era fundamental su insistencia propia –la de él–de avergonzar al analista por su culto del saber supuesto. Obligarlo en contra de lo más profundo de su posición al saber expuesto.» Y esta es una tarea que debe hacerse todo el tiempo: avergonzar al psicoanalista en su culto del saber supuesto.

Volvamos al segundo punto: no se pueden ahorrar pasos en un análisis. Ante esta cuestión se ponen de manifiesto dos tendencias que siempre entran en tensión (aunque toman distintas formas a lo largo de la historia.) Un psicoanalista, con respecto a esto, hablaba alguna vez de dos tendencias erróneas dentro del psicoanálisis. Decía, además, que son dos tendencias que responden a dos grandes corrientes epistemológicas actuales. A esto le agregamos que no, que no son actuales, que son más antiguas que otra cosa y que nunca cesan de aparearse de ese modo. El psicoanálisis, como él decía, debería estar destinado a abrir una tercera vía media que, sin embargo, no va a extinguir las otras dos vías erróneas porque son, de alguna manera, estructurales. Borges las mencionaba citando a Coleridge: los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ésas son las dos tendencias y, como se ve, responderán a dos grandes corrientes epistemológicas actuales, pero lejos están de ser novedades.

Cito: «yo destaco dos vías en este debate, cada una relacionada con dos grandes corrientes epistemológicas actuales: la positivista del real sin sentido de la ciencia y la relativista del sentido sin real de la retórica (representada, en especial, por Rorty.) La vía positivista de la ciencia sin sentido lleva a algunos psicoanalistas a desear que el psicoanálisis sea reconocido por los médicos, por los psiquiatras llamados biológicos, por los neurocientistas. Intentan así demostrar, es un ejemplo, cómo en el “Proyecto de psicología para neurólogos” Freud ya entreveía el surgimiento de los neurotransmisores –me remito a la entrevista de Etchegoyen y Miller sobre este punto.

»La vía relativista de la retórica desemboca en la idea de que hay tantos psicoanálisis como psicoanalistas; en la ideología del psicoanalista independiente del final del análisis como final de la transferencia y no de su engaño. En la conceptualización de Lacan en el “Prefacio a la edición alemana de los Escritos”, ha sido tomado por Miller recientemente como que el real del psicoanálisis tiene sentido y coloca al psicoanálisis en una tercera posición entre la ciencia y la retórica. Queda, por lo tanto, la dificultad a nuestro cargo de probar que más allá de la evidencia científica o de la acomodación utilitarista del relativismo, existe algo nuevo que el psicoanálisis ofrece al malestar en la civilización.»

Vamos a notar que al exagerar y tirar por la borda al primer Lacan, es decir al no tomar en serio la ficción, uno se alista sin notarlo del lado del positivista del real sin sentido. Y no es la respuesta buena pasarse, también sin notarlo, del lado del sentido sin real.

Tendríamos que rehacer la frase de Coleridge y decir, aunque luego hubiera que explicar la frase porque cada cual va a entender algo distinto, que los hombres nacen aristotélicos o platónicos pero pueden volverse, por el psicoanálisis, lacanianos. Y hay que entender que no basta decirse lacaniano para haberse vuelto lacaniano, y hasta podríamos decir que la demostración del haberse vuelto lacaniano es el pase y entonces sostener que, lo que vuelve lacaniano, es el final del análisis que podríamos llamar, después de todas estas vueltas, verdadero.

La Plata, 2012

Footprints-Namib-Desert-Namibia-Africa
Huellas en el desierto de Namibia

Fuente: Letras – Poesía – Psicoanálisis

¹De la edición de Paidós, Buenos Aires, 2011.

¿Hay una edad ideal para el análisis?

Pierre Rey

Pierre Rey
Pierre Rey, fotografía de Yann Gamblin

Desde que Freud lo inventó, se discurrió larga y copiosamente acerca de la edad ideal para comenzar un análisis: cuando sea, y ya mismo, no bien el sufrimiento y el deseo dispongan su urgencia. Por sí sola, la perspectiva de morir menos idiota debería hacer tabula rasa de cualquier vacilación.
Excepto una reserva: hay un riesgo.
Cuando llega a su término, el análisis confronta a cada cual con su deseo: precisamente por estar develado, uno sabrá que su desenlace fue feliz. “Feliz” no quiere decir en medida alguna el advenimiento de un nirvana en que de pronto se allanarían las dificultades de la vida y se alcanzaría una zona fuera de turbulencias en que todo tomaría el sabor soso del paraíso.
Al contrario. Una vez descubierto, el deseo puede causar estragos. A los veinte años, cuando todavía no se ha construido nada, nadie intenta destruir nada. A los cuarenta, su vida ya está “hecha” —y es más que perceptible: antes que eso, mejor sería estar des-hecho— cargado de familia, abrumado por las trampas del éxito que van echando raíces, y esclavo de los mil y un esclavos de su empresa; el Señor Presidente-de-lo-que-diantres-sea va a percibir que, quién sabe, su verdadero deseo no era presidir no importa qué, tener una mujer, hijos, una posición social, un prestigio profesional, etc., sino, de suponer que su destino se encuentre en otro sitio, romper el círculo en que oscuramente él sabe que se apelmaza lo que le resta de vida.
Si todavía tiene la suficiente fuerza interior para seguir su lógica y acceder a ella, para luego decidir, ante el encuentro de todo lo que le había enseñado su código cultural en el cual ya estaban inscritos, sin que lo supiera, su sitio y la trayectoria de su itinerario, de por fin vivir su propio deseo, él habrá de partir, pagando la eventualidad de su salvación a expensas de la maldición de los suyos, el oprobio general, y una descalificación en la escala social.
Ese es el precio posible.
De allí surge la paradoja del análisis: como libera, condena. Al hacer volver a la vida, mata.
Al saberlo, cada cual queda en libertad de comprometerse si lo desea, sin olvidar que su última meta es el registro de una ética, no de una moral. Y después de leer lo anterior cada cual queda en libertad de aportar su propia respuesta a la pregunta “¿Hay una edad ideal para el análisis?” Después de todo, cuando uno lo concluye, a veces quizá descubre en él que lo que uno deseaba era precisamente lo que tiene.
Puede ser, pero tengo mis dudas.
¿En sí la pregunta no implica el malestar ligado al deseo de cualquier replanteo general? ¿Qué iría uno a hacer a un diván, si no fuera para volverse otro, es decir uno mismo?
Lo primero que se desprende de ello es una pérdida de la inocencia respecto del sonido huero de las vaguedades, desde el momento en que todo consiste en generosidad, caridad o libertad: ya no se puede hacer de cuenta que no se sabe que en ese juego los dados están trucados.
Y a cuántos habré visto lavar sus culpas con una acción pública, a la cabeza de marchas que surcan las calles, con pancartas entre loas a la no violencia y la paz en este u otro sitio, que apenas llegan a sus casas llenan salvajemente de magullones a sus hijos, golpean a sus mujeres y muelen a patadas al perro. Generosidad aplicada a la conciencia universal y diluida hasta el grado cero del enunciado que la sustenta.
Imposible no ver el sadismo que se oculta tras el discurso acerca de la caridad, el poder detentado por sobre quien no tiene nada, gracias a un puñado de pan, un colchón para pasar la noche, un tazón de sopa. En cuanto a la libertad, reivindicada por todos como el más preciado de los bienes, ¿verdaderamente quién la desea? Quien puede asumir riesgos mientras secretamente la mayoría aspira a una posición jerárquica dentro de un grupo donde las relaciones se entablan a través de las órdenes dadas o recibidas, aquel que, de oficio, saca del juego el pensamiento —mi jefe decide en mi lugar— y excluye la responsabilidad: no soy yo, es el Otro.
¿Qué Otro? Tal Otro
Cimentada sobre los riesgos que implica, la libertad —decir mierda o gritar “no”— requiere mayores cosas y sólo pertenece a aquellos que lo merecen porque, para conseguirla, están dispuestos a dejar la vida.
—¡Estoy harto, harto, harto!
—¿De qué?
—¡De no hacer lo que quiero!
Entró a mi oficina sin golpear.
Unos cuarenta y cinco años, quizá. Seguramente tomó algo para darse ánimo.
—¿Y qué querrías hacer?
—Crear  dirigir un servicio de rewriting.
Concedido.
Duda un momento. La carga de la cólera que había ido incubando para enfrentarme —no es contra mi persona sino contra la función que desempeño— es demasiado violenta para disiparse de un segundo a otro.
—¡No se me paga lo suficiente!
—¿Cuánto ganas?
—Ocho mil.
—¿Y cuánto querrías?
—Diez mil.
—Pongamos quince. ¿Te va bien?
Sale caminado para atrás. Aturdido. Él había ido a restregar sus sueños contra la realidad. En un instante, se hicieron realidad. Está acorralado. ¿Cómo sigue eso? Una semana más tarde, su mujer, muy inquieta, va a anunciarme que él desapareció. Dos días después, se le vuelve a ver el pelo: después del éxito de su entrevista, fue a llenarse de alcohol a un hotel de las afueras. Nunca más hará la menor alusión a su promoción o al aumento.

Máquina-de-escribir-antigua

Pierre Rey: Una temporada con Lacan, Letra Viva, Buenos Aires, 2005, página 200.

El anti-final (sobre Gabriela Liffschitz y Un final feliz)

Entrevista a Jorge Chamorro, por Cecilia Alemano

“Me agrada la idea de que un final deja eventualmente abiertos otros inicios”, decía la carta que Gabriela Liffschitz le escribió a su hija Valentina antes de morir, “Así que vayamos por ellos.” Cinco años después de aquel 13 de febrero, cuando en medio de un calor insoportable en Buenos Aires, en una sala de terapia intensiva del Hospital Italiano, la escritora y fotógrafa decidió, o consintió al menos, la idea de que ya lo tenía todo para su final feliz, aparece este libro (Eterna Cadencia, 2009). Lo que necesitaba lo encontró en los lugares menos pensados, en esos que dejan perpleja a la mayoría. Pero no porque haga apología de “las pequeñas cosas de la vida”, sino porque logra conmoverse –y conmover– por lo inesperado. Decir que la autora transmite palabra por palabra su experiencia acerca de su análisis con el psicoanalista lacaniano Jorge Chamorro, y de su recta final hacia la felicidad y la muerte –por más paradójica que suene la dupla– no es del todo justo, porque su discurso no traduce sentimientos pasados, sino que habla –nos habla, nos interpela en presente sin buscarlo–, fluye como fluían su voz y sus carcajadas y nos transporta en su trayecto interior con la delicadeza de no erigirse en el lugar de quien ya comprendió: “El fin del análisis no tiñó mi mirada de un suave rosa comprensivo, no se trata de eso”, se ataja. “No estoy más allá del bien ni del mal ni tampoco más acá. Es simplemente que ahora tengo a mi disposición lo que haya para ser vivido.”

Un final feliz (relato de un análisis) empezó a cobrar forma en 2003, cuando el cáncer ya carcomía el cuerpo de Gabriela. “¡Vos querés que te haga famoso!”, le soltó a Chamorro cuando él le propuso escribir sobre su experiencia de análisis. Después repasaron hitos y detalles de aquellos siete años transcurridos él en la silla, ella recostada sobre el diván. Desde esa primera sesión en que ella se largó a llorar desconsolada hasta aquella última, cuando se sintió “libre de la condena de ser la víctima”.

Jorge Chamorro byn
Jorge Chamorro

La tarde de un sábado invernal cae a través de los ventanales de la casa de Chamorro en Vicente López. Hay un hogar encendido, y la genial figura de la artista empieza a recortarse nítida en el diálogo. “Gabriela desmitifica el imaginario de una tarea dura y angustiante y habla de un proceso que no le resulta natural pero que atraviesa con valentía y decisión”, elogia el analista que en su consultorio recibe a toda clase de gente que llega atraída por el texto. También recibió llamados telefónicos desde Israel y París, de editoriales que querían traducirlo al hebreo y al francés.

Es que además de un análisis, ella relata una vida, y una forma de vivirla.
–Me parece que da cuenta de su enfrentamiento joven con la muerte, y de su relación particular y no angustiada con ella. Recuerdo que en aquel momento mi nuera, que era escritora, padecía una enfermedad terminal. ¡Y sin embargo tenían posiciones tan distintas entre sí! Una era como uno espera, la otra era Gabriela, que desde el primer día tuvo la decisión de trabajar sobre eso. La primera reacción a la mastectomía fue hacer los autorretratos. Siempre tomó lo inexorable de su muerte como un dato contra el que no luchaba.

María Moreno decía “la muerte como oportunidad”.
–Sí, ella toma algo que tiene que ver con el fin del análisis y la idea de tratar con los imposibles. Ver cómo posicionarse en torno de ellos, en vez de luchar contra ellos. Lo que no tiene respuesta, lo que no tiene solución, lo que viene en nosotros y en nuestra historia y no podemos modificar. El por qué lo deja a uno girando como a un trompo… El por qué no tuvo lugar para Gabriela.

¿No había nada de pose o negación en eso?
–No. Hubo quienes hablaron de una respuesta maníaca frente a la muerte. Pero no es una pose porque todos sus actos, los mínimos y los máximos, son coherentes entre sí. Lo mínimo está retratado en la siguiente escena: subió al colectivo lleno de gente. Como ella estaba calva y con minifalda parecía punk. El chofer le dice a los gritos “Te queda bien la pelada”. Ella, al estilo Gabriela, le respondió fuerte: “Estoy haciendo quimioterapia porque tengo cáncer”. Él, muy bien, le dijo “Te queda bien igual”. La suya no era una posición avergonzada. No quiso saber nada de pelucas y no tenía miedo de hablar de cáncer ni de enfermedad. Una vez un conocido se acercó a ella, con una intención seductora. Gabriela, en un lugar lleno de gente, le dijo “Te advierto dos cosas: una, me falta una teta. Dos, no espero llamados. ¿A qué hora me vas a llamar?”. Él le dijo que la iba a llamar a una hora, y no lo hizo, pero al día siguiente, cuando la llamó, ella le dio un insulto y le cortó el teléfono.

¿Y las situaciones difíciles también las manejó con esa soltura?
–Bueno, cuando ya estaba mal le preguntó al médico cuánto tiempo tenía para hablar con su hija, que en ese entonces tenía 11 años. El médico le dijo: “Hablá ya porque no te puedo garantizar que este viernes estés en condiciones de hacerlo”. Ese día, un lunes, me llamó por teléfono y me comentó lo que pasaba. Yo le ofrecí hablar por ella. A cambio recibí una de sus puteadas. “Te estoy llamando para que me digas cómo hacerlo”, me dijo. Habló con Valentina y le dijo que la habían tratado con todos los medios, que estaba enferma y que se iba a morir. Se abrazaron, lloraron y entonces Gabriela dijo: “Basta, ahora vamos a ver las cosas mías que te van a quedar”. Como la computadora. Recuerdo sobre todo la notebook… No quería en absoluto ser objeto de lástima.

Parecería también que la enfermedad le disparó el encuentro con su cuerpo…
–Ella siempre vivió su cuerpo con plenitud. Tenía una buena relación con él. Es normal que ante una enfermedad una persona haga un recorte de figura-fondo. La enfermedad como la figura se distingue sobre todo lo demás, que cobra la misma tonalidad. Pero en Gabriela no fue así. La mutilación se tornó un punto más dentro de la estructura de su cuerpo. Algo en ella absorbió muy bien esta falta tan importante, sin pudor. En realidad a todos nos falta algo y toda la vida se nos va en cómo tratar con nuestras faltas. A los neuróticos no les cuesta sufrir por faltas de distintas dimensiones.

Ella se define mucho por la neurosis…
–Fuera de los psicóticos y otras patologías, la persona normal es “normalmente neurótica”. Lo que pasa es que hay neurosis que permiten vivir, y otras que se presentan como obstáculos. Nuestra discusión es si el psicoanálisis debe dar una respuesta para compensar al neurótico descompensado o si debe apuntar a desarticular la cuestión neurótica. Toda la arborización patética que uno hace, lo doloroso, el encarnamiento personal, se despeja, para extraer una idea que nosotros llamamos “fantasma”. Es el esqueleto de todo lo patético y la angustia.

¿La neurosis no siempre se traduce en angustia?
–No, la angustia a veces es una chance de tirar del hilo de la neurosis. Hay psiquiatras que empiezan a hablar de medicamentos para compensar neurosis. Yo me pregunto si compensar neurosis no es introducir una vía en donde uno tapa el síntoma y abre el camino del fracaso. La propuesta del psicoanálisis lacaniano es tomar al síntoma como una verdad, no como un mal funcionamiento que hay que arreglar. El cognitivismo por ejemplo toma al síntoma como una distorsión que hay que ajustar para que el individuo pueda hacer lo que quiere. Pero el síntoma ¿no estará señalando que el proyecto del sujeto no es el adecuado?

¿Cree que esto es lo que encontró Gabriela en su consultorio después de 10 años de análisis freudiano?
–Lo que encontró es un podamiento de sentidos, que desarmaron el relato tan hermético y angustiante que traía. Las explicaciones, las causas siempre son débiles y frágiles. Los analistas muchas veces decimos: “Bueno, fue ésta la causa”. ¿Y? Nosotros mismos nos preguntamos: “¿Con eso qué?” Los síntomas siguen funcionando y no hay explicación que alcance.

Para Gabriela resulta muy iluminador que usted le diga que “un padre ausente es un padre”…
–Muchos neuróticos dicen esto. “No tuve padre”, y eso es desconocer al padre que se tuvo. Es no enfrentarse con lo inexorable de lo que se tiene. Sea por el motivo que sea, estamos hablando de un padre marcado por la ausencia. Gabriela buscó a su padre en Europa y lo más importante no fue el encuentro que se produjo, sino el hecho de haberlo buscado.

¿El “pase” lacaniano tiene que ver con “lo feliz” del título?
–Hay algo de eso. Es un título provocativo, que habla de una recta final hacia la muerte, pero también de esa sensación de estar plantado en su más íntimo deseo. Eso es la felicidad. Si uno está agarrado de su posición, nada se constituye en un sufrimiento real. El lamento es la neurosis: estoy en un lugar, quisiera estar en otro. En Vicky Cristina Barcelona, el filme de Woody Allen, esto se ve bien. Las supuestas mujeres –porque las verdaderas mujeres no se quejan– se lamentan por los años perdidos con un marido o las más jóvenes, por la falta de amor.

Parecería que después del padre de su hija, Gabriela no se enamoró…
–No lo plantearía así. Lo que no conoció es la idea del amor eterno. La que suele fracasar es la idea de infinitud de las cosas. No recuerdo a Gabriela con un gran sufrimiento respecto de las pérdidas amorosas. Ni de la falta de amor, que a muchas mujeres se les juega fuerte. La vi llorar, sí, pero también la vi despegar muy rápidamente de eso.

¿Recuerda la primera impresión sobre ella?
–Sé que estaba muy angustiada… Pero todavía no se había vuelto ese personaje tan significativo. La recuerdo nerviosa, desdibujada…

¿Y la última?
–Sí, estaba internada. Tenía la máscara de oxígeno y, con la notebook sobre la falda, terminaba de darle forma a este libro. ¿Creés que una pose podría sostenerse así, escribiendo hasta el final?

(2009)

Fuente: Página 12