Encuentro y silencio

Por Jorge Forbes

El mejor relato de un análisis con Jacques Lacan fue hecho por Pierre Rey. Se llama “Una temporada con Lacan“, una temporada que duró diez años. Pierre Rey era periodista y escritor. Nació en el sur de Francia, en 1930, y murió en julio de 2006, a los setenta y seis años de edad, de cáncer, en París. Quien no lo conoce, tal vez se acuerde de un film famoso sobre Onassis, interpretado por Anthony Quinn y Jacqueline Bisset -“El magnate griego” de 1978-, film que fue inspirado en uno de sus mayores éxitos literarios: El griego.

Desde que leí su libro sobre Lacan, en 1989, cuando fue lanzado, quedé con curiosidad de conocer a su autor, y, al mismo tiempo, a su personaje. Eso finalmente ocurrió por azar. Yo almorzaba un día en París con un amigo, Antoine Gallimard, editor de Rey, cuando nos encontramos y fuimos presentados. Mi interés por conversar con él era comprensible, no tanto lo opuesto; quizás fue el hecho de encontrarse con un brasilero que había ido a Francia a formarse en la Escuela de su analista, que era amigo de su editor, no sé, el hecho es que la conversación se lanzó fácilmente y desde aquél día nos volvimos progresivamente grandes amigos a pesar, también, de la diferencia de edad y de las experiencias de vida, lo que nunca, sin embargo, fue resaltado en nuestras innumerables conversaciones. Como dice François Leguil, un amigo psicoanalista que presenté a Pierre, lo mágico de conversar con él consistía en que en poco tiempo él te hacía sentir la persona más interesante del mundo. Todos sabían que sus amigos más próximos eran Picasso, Dalí, Anouk Aimée, Michel Legrand, y por ahí seguía la lista. Hacer parte de esa serie, decía Leguil, aún sólo por un momento, no dejaba de ser bueno. La generosidad afectiva de Pierre Rey era increíble. Él era una lección de amistad.

Ya desde 2004 se notaba una caída física impresionante en Pierre que, a pesar de la edad y contrariando los hábitos sedentarios de los escritores, era un deportista aplicado, lo que le confería un aire más joven y una disposición envidiable. Preguntado, él siempre negaba cualquier enfermedad, disfrazando siempre que podía su dificultad para comer con las disculpas más diversas.

Fue cerca de junio de 2006, la última vez que vi a mi amigo. Estaba hacía una semana en París, y no conseguía encontrarlo; cada vez, surgía un impedimento de última hora. Finalmente, yendo al aeropuerto a tomar el avión de vuelta para Sao Paulo, manejando un auto alquilado, consigo hablarle al teléfono. Su voz susurrante mal me dejó entender la terrible frase: “Je souffre”. De pronto le dije: “Ah, ¡no! Voy a sentir tu falta”, a lo que él contestó bien a su estilo: “Y yo ya estoy sintiendo la tuya.”

Ahí, le pedí que esperase al menos hasta agosto, cuando yo debería volver, para vernos. Él me respondió que no se iba a dar. Le dije, entonces, que iría a verlo en aquél momento, aún estando a un kilómetro del aeropuerto -era su preocupación -y arriesgando perder el vuelo. Di media vuelta. Él me dijo: “no hagas esa locura”. Yo: “Ya la hice”. Él, riendo: “Yo habría hecho lo mismo. Sin duda, lo mismo”.

Dejé el auto en doble fila en el medio de la Rue du Faubourg Saint Honoré, donde él vivía, y subí corriendo hasta su departamento en la punta del edificio. Me atendió su mujer, que me hizo entrar inmediatamente en su cuarto. Encontré una sombra de lo que él había sido. Hablamos poco -era para él un esfuerzo enorme hablar nos restringimos a las amenidades, futuros no vividos, poco del pasado, nada de la enfermedad, o casi nada para ser más exacto, a no ser de lo incómodo que se sentía en estar en aquélla posición.

Nos despedimos comedidamente, sin mayores expresiones afectivas. Cuando yo ya llegaba al ascensor, lo oigo, con gran esfuerzo, llamarme. Vuelvo y él me pide: “Jorge, como sos un buen psicoanalista (él fue muy gentil con eso), ayudame a interpretar un sueño. En estas últimas tres noches tuve tres sueños importantes. Primero, soñé que corría la maratón. Fue fácil para mí comprenderlo, al final, habiendo hecho gimnasia la vida entera, es normal que yo sueñe en correr una maratón, lejos de la inmovilidad a la que fui reducido. Segundo, ayer, soñé que estaba en un enorme banquete. También es fácil de entender para quien adoraba comer y que fui reducido a estos tubos.”

Yo oía todo con atención, sin decir ninguna palabra. “Ahora, hoy, tuve un tercer sueño que no consigo entender y, además, a diferencia de los otros, me angustió. Yo soñé que estaba en este cuarto y tenía ratas por todas partes, en las paredes, en el techo, debajo de la cama, en la cama”. Preocupado, le pregunté en francés, lengua con la que siempre nos comunicábamos -“dijiste ratas” -“Sí, me respondió, des rats (en francés), rats (en inglés), rats par tout“. Respiré hondo y le respondí: “Pierre, ese sueño es tan fácil de ser comprendido como los otros, los rats aluden al Rat Pack, que andan queriendo compañía.” Yo apostaba que Pierre habiendo vivido en Los Ángeles, y siempre en el medio artístico, no podría dejar de saber que Rat Pack es como se intitulaban los amigos Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr., y algunos pocos más. Ese inolvidable grupo de talentosos granujas que descolló en Las Vegas y cuyo recuerdo y estampa aún puede verse en celuloide. Pierre cayó en una cómica carcajada, dentro de lo posible, y me dijo: “Yo sabía que vos eras un gran analista y que ibas a entender mi sueño.” Nos despedimos, salí corriendo, tomé el avión.

Un mes después llama el teléfono en mi casa, era el hijo de Pierre, Stéphane, que me dice: “Estoy llamándolo para comunicarle en primer lugar, a pedido de mi padre, que él acaba de morir. Él me pidió que le diga que fue a encontrarse con el Rat Pack. ¿Usted entiende qué rayos él quiso decir con eso?, porque nosotros no entendemos de qué se trata.”

Respondí con media sonrisa de tristeza: “Entiendo”.

(2010)
Rat Pack

Fuente (original en portugués): Jorge Forbes
Fuente: Página 12

El artículo también fue publicado en la Revista Consecuencias (n°5)

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Basta de quejas

Todo el mundo se queja todo el tiempo. Del tiempo: un día del calor, otro día, del frío. Del trabajo: porque es mucho, o porque es poco. Del cariño: “qué frío”, o “qué empalagoso”. De las pruebas: “dificilísima”, o “demasiado fácil.” Y de los políticos, de la mujer, y del marido, y de los hijos, y de los tíos, abuelos, primos; del padre, de la madre, en fin, de haber nacido. La queja es solidaria, sirve como motivo de conversación, desde el pequeño ascensor hasta el salón grande. La queja es motor de unión de los grupos, es caldo de cultura social; quien tiene una queja siempre encuentra un compañero. La queja llega a ser la propia persona, su sello, su identidad: “Yo soy mi queja”, podría decirse.Quejas Tute
La queja debería ser la justa expresión de un dolor o un malestar, sin embargo raramente ocurre así. Es habitual que la expresión de la queja exagere mucho el dolor, hasta el punto en que este, el dolor, acaba conformándose con la exageración de la queja, aumentando el sufrimiento. Es común que las personas crean tanto en sus lamentos que acaban prestando su cuerpo, quedando dolientes, para comprobar lo que dicen.
La causa primordial de toda queja es la pereza de vivir. Vivir da trabajo, pues a cada minuto surge un hecho nuevo, una sorpresa, algo inesperado que exige cierta corrección de la ruta en la vida. Si no fuera posible pasar por encima o desconocer el impedimento, menospreciando el acontecimiento que perturba la inercia de cada uno, surge la queja, la inmediata voluntad de culpar a alguien que puede ir aumentando hasta el punto en que la persona llega a convencerse paranoicamente que todos están contra ella, que el mundo no la comprende y por eso ella es infeliz, porque nada de lo que hace le sale bien, cuando otros, con menos cualidades, obtienen el éxito. Oímos entonces aquel lamento común, auto elogioso: “creo que soy bueno, o demasiado bueno para este mundo, tengo que aprender a ser menos honesto y más agresivo…” Conclusión: si no fuera por los otros, él, el quejoso, sería maravilloso. Por eso toda queja es narcisista.
Tenemos que añadir que la queja no surge sólo de un dolor, o de un desasosiego, sino también cuando se consigue una oportunidad, una realización. Ahí la queja sirve de protección contra la envidia del otro – ¡siempre los otros!– y tal como un niño que esconde los huevos de pascua hasta el otro año, el quejoso no declara su felicidad para que ella no termine en la voracidad de los demás, pudiendo disfrutarla en su esquina, escondido hasta el año que viene, cuando el conejito pasa de nuevo.

Maitena Superadas 2
Maitena

En síntesis, tres puntos: la queja es un cerramiento sobre sí mismo, una negación de la realidad y un desconocimiento del dolor real. No nos confundamos: es importante separar la queja narcisista de la reivindicación justa, pero eso es otro capítulo. Por cierto, es común que el quejoso se valga de la nobleza de las justas reivindicaciones sociales para enmascarar su amor propio exagerado.
Un momento fundamental en todo tratamiento por el psicoanálisis es el día en que el analizante descubre que no hay más de qué quejarse. No es que las dificultades hayan desaparecido por encanto, sino que el “sáquenme esto”, base de toda queja, pierde su vigor, se revela para la persona en todo su aspecto fantasioso. Es duro no tener para quien quejarse, no tener un obispo, un departamento de defensa de los vivos, como lo tienen los consumidores. La persona puede perder el rumbo, no saber qué va a hacer, y también no saber quién es.
En ese punto, la conducción del tratamiento ha de ser precisa: se ha de ajustar la palabra a la vida, conciliar la palabra con el cuerpo, hacer de la palabra la propia piel hasta alcanzar que el deseante se sienta “bien en su propia piel”. También será necesario soportar lo inexorable sin lastimarse y abandonar la rigidez del lamento por la elegancia de la danza con lo nuevo.
Más importante que una política de acuerdos, que es hecha a partir de concesiones de posiciones individuales, es estar de acuerdo con el movimiento de las sorpresas de la vida, de los encuentros buenos y malos. Y todo esto sin resignación, sino con el entusiasmo de la apuesta. Basta de quejas.

 Jorge Forbes

(2007)

-Traducción de Mercedes Ávila-


Jorge Forbes
Es psicoanalista y psiquiatra, en Sao Paulo. Doctor en Teoría Psicoanalítica de la Universidad Federal de Río de Janeiro – UFRJ. Doctor en Ciencias de la Universidad de Sao Paulo – USP – Facultad de Medicina (Neurología). Master en Psicoanálisis de la Universidad de París VIII. A.M.E. – Analista Miembro de la Escuela Brasileña de Psicoanálisis y de la Escuela Europea de Psicoanálisis. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis – AMP.

¿Yo sé todo de vos?

Amar es mucho más complejo que la oposición claro u oscuro. Los matices son lo que mejor rima con el romance.

Sé todo de vos. Así se resume la nueva fiebre que ataca a las parejas desconfiadas pero, expertas en las nuevas tecnologías. Sé todo de vos: leo tu WhatsApp, bajo tus e-mails, me meto en tu Instagram, reviso tu Facebook. Y si da, grabo tus conversaciones y filmo tus momentos. Además, no sólo te controlo a vos, sino también controlo a tus compañeros, tus hijos, tus padres y tus amigos más cercanos.

Yo sé todo de vos y, sólo sabiendo todo, es que puedo confiar y declarar mi amor. A esto lo llamo transparencia, puedo aceptar “desacuerdos”, pero quiero una relación transparente en la que, todo lo que vos sepas de ti mismo, yo también lo sepa.

Yo sé todo de vos. Oh, quimera pos-moderna, ilusión de los inseguros. Nada de esto, personitas conectadas, nada de pensar que su intromisión les va a traer mayor conocimiento sobre alguien.

Buenos tiempos aquellos en los cuales las personas se avergonzaban de abrir un cajón ajeno y cuando la cartera de la dama y el maletín del caballero eran intocables. Ahora, con la disculpa ingenua de ver una foto, o de que su celular estaba sonando, los “Sherlock” conectados se permiten incursiones invasivas e indecentes. Ellos piensan que si la tecnología está ahí entonces, es para ser usada, cuando la ética reza lo contrario: la existencia de la posibilidad no autoriza su uso.

Agreguemos que hay un error básico en imaginar que se conoce a una persona por recoger informaciones supuestamente secretas.

Ningún ser humano es traducible en palabras, lo más esencial de nosotros mismos no tiene palabras, ni las tendrá nunca. Ni siquiera la propia persona sabe de sí mismo, es lo que verifico todos los días en los analizantes. El psicoanálisis mejora ese conocimiento, pero no tiene intención de agotarlo. Si una parte del tratamiento lo lleva a conocerse mejor, otra, tal vez la más importante, apunta a dar las condiciones para que la persona decida sobre lo que no conoce y que nunca conocerá de si y de los otros.

En nuestro tiempo, es esperable una revisión del concepto de tradición y fidelidad. No alcanza más con aferrarnos a la vieja distinción simplista y maniqueísta de lo blanco y lo negro, de lo fiel e infiel. El amor, especialmente en la pos-modernidad, no se expresa bajo ninguna moral de las costumbres. Amar es mucho más complejo que la oposición claro u oscuro. Son los matices lo que mejor rima con el romance.

Alguien podría preguntar porque en estos tiempos pos-modernos continuamos presenciando crisis de celos apasionadas. A pesar de que parece contradictorio no lo es. Justamente porque vivimos una época múltiple y flexible es que los celos se exacerban como un intento –falso, sin duda- de calmar la angustia de la elección.

Retomando, una investigación afirma que el 40% de los casos de traición en Italia fueran provocados por el WhatsApp.

Conclusión: ¿tirar el celular por la ventana? Claro que no. Solo beneficiaría a los fabricantes. Mejor tirar por la ventana aquella pequeñez humana que no sabe diferenciar entre lo que es la escena y lo que es la obscenidad.

Las personas creen que más allá de la escena está escondida una verdad mayor, La Verdad mayúscula.

Gracioso engaño, uno de los sentidos de la palabra “obsceno” es justamente “más allá de la escena”. Así, ir más allá de la escena, de lo que está allí, visible, querer sondar más para tener más seguridad –como dicen- no trae ninguna nueva verdad. Simplemente, es obsceno.

Traducción al español: Silvina Rojas

Publicado en Revista Virtualia