“La mujer no existe; existen las mujeres de una en una”

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Banksy

Entrevista con Éric Laurent, por Lluís Amiguet

Darwin es hoy la ciencia; Marx sólo historia. ¿Qué queda de Freud?

Hoy respiramos Freud: neurosis, psicosis, frustración, represión, delirio… Son las palabras freudianas con las que nos explicamos cada día a los otros y a nosotros mismos.

¿De Freud sólo quedan esas palabras?

Frente al puritanismo victoriano, Freud explicó que hay facetas del ser humano que no se pueden reprimir sin que reaparezcan y se manifiesten de otro modo…

…Para hacernos sufrir una neura .

Y lo hizo dando la palabra a quienes no la tenían: las mujeres. Era una palabra que esperaba ser escuchada y que había sido condenada como una enfermedad mental, la histeria, pero que revelaba la verdad al denunciar la mentira de la sociedad autoritaria que las reprimía.

Cada época tiene sus verdades.

Pero de verdad interesante es ver cómo oculta sus mentiras.

¿Cuál es nuestra histeria hoy?

Freud desconstruye con lucidez la psiquiatría de su tiempo e investiga si la sociedad –el orden– necesita represión para existir: si requiere un cierto grado de malestar del individuo, que define como “el malestar de la civilización”. El capitalismo victoriano creía que sin represión el orden social degeneraba en caos.

Hoy creen que si nos dieran empleo fijo y buen sueldo, nos volveríamos todos vagos.

A cambio, la biopolítica neoliberal nos permite pasar de la sociedad de la disciplina a la de la permisividad y de la represión a la adicción.

Del hambre a la obesidad y a la dieta.

La adicción a la comida, al sexo, al trabajo, o a correr maratones es la consecuencia de la búsqueda del placer llevada al extremo. Sólo después, en la cura de la adicción, se nos aplica disciplina y límites.

Es la paradoja de caer en la adicción para que alguien te ponga límites al curarla.
Siguiendo a Freud, Jacques Lacan buscó continuar explicando nuestra mente y nuestra conducta. Creía que lo inconsciente tenía una gramática propia y estudió y usó las paradojas de la lógica formal para explicarla.

Pues hoy aún tiene parroquia.
Como Foucault, Barthes, Derrida, Bourdieu… Eran los grandes pensadores del 68 que, además, hacían de sus teorías modos de vivir y entender la vida; como hizo el propio Lacan.

¿Cómo entendía la vida Lacan?
La revolución del 68 significó el advenimiento de la liberación del principio del placer…

Se liberaban no sólo en la fábrica sino también en la calle, en la mesa y en la cama.
Lacan no se oponía, pero no quiso ser un gurú: simplemente trató de encontrar y compartir instrumentos intelectuales para interpretar nuestra mente y nuestra conducta.

Por ejemplo.

Veamos su primera paradoja : “La mujer no existe: sólo existen las mujeres de una en una” .

¿Y el hombre sí que existe?

El hombre tiene un falo, que es exterior; es patente y obvio y con él puede convertir con facilidad su placer en categoría. Por eso, lo que quiere el hombre se puede producir en masa y por eso hay una industria del sexo, pero sólo está pensada en masculino. Sólo para ellos.

No hay clubs de prostitutos para ellas.

“Porque los hombres, el hombre, sabe lo que quiere. En cambio, no se sabe lo que quiere cada mujer, porque cada una quiere algo diferente e individualiza su goce”. Por eso, en ellas se observa mejor esa angustia, tan personal, que sentimos al acercarnos al objeto del placer.

Si es así, la pareja es frustración segura.

Es lo que viene a decir la siguiente paradoja de Lacan: “La relación sexual no existe” . La relación entre hombre y mujer no se puede articular de forma satisfactoria, aunque ellos y ellas sean cada vez más iguales.

¿La pareja entre iguales no es mejor?
Lacan contradice a Simone de Beauvoir, que promete que la igualdad hombre-mujer hará posible una relación satisfactoria de pareja. Él sostiene que, al contrario, cuanto más iguales sean, más se manifestará el imposible de relacionarse con plenitud entre hombre y mujeres. Y hoy hay más igualdad, sí, pero en paralelo a un auge de la relación homosexual.

Si no existe la mujer ni la relación hombre-mujer, ¿qué existe entonces?

La tercera paradoja : “Los dioses existen” . Porque la experiencia real de un dios es como la del antiguo Dioniso-Baco, el del éxtasis y el vino: el goce de la droga no es más que el de tener dentro a un dios más grande que uno mismo que te hace trascender tus propios límites.

En ese sentido, dios existe: en cada copa.

Y por eso Lacan sostuvo, pese al pleno auge del ateísmo, que la religión que te transforma en otro iba a ser más importante que nunca.

Ahora mismo provoca varias guerras.

Lacan añade que “Dios sigue interviniendo en la vida de los hombres en forma de mujeres”: la mujer es real, los dioses son reales, pero la relación sexual no existe. Porque al final, sólo es la mujer –el peso de la mujer amada– la que reordena la vida de un hombre y le da sentido.

¿El amor es nuestro último dios?

Los hombres reordenan su vida con relación a las mujeres que aman. Es la amada la que se convierte en el dios que se apodera de él, lo habita y lo transforma. Y le dejo con el último aforismo lacaniano que reúne los anteriores: “Lo que quiere la mujer, Dios lo quiere”.

Paradojas

Al escuchar a Laurent y transcribir sus citas de Lacan, temo que se lean literalmente, porque entonces no tienen sentido. Pero, luego me digo, muy lacaniano, que lo que se entiende a la primera no merece la pena ser entendido. De hecho, los intelectuales neoyorquinos –una cultura más literal que la parisina– decían que Lacan se reía de sus seguidores al proponerles paradojas incomprensibles. Woody Allen repuso que Lacan era tan ininteligible como Joyce, porque lo real no tiene por qué ser comprensible y menos para según quien. Así que antes de interpretar las paradojas de Lacan, les invito a dejarlas resonar en el recuerdo de su experiencia. Y, si no hay eco, pues hasta la próxima contra, espero. Y gracias por intentarlo.

Lluís Amiguet

(2016)

Fuente: La Vanguardia

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Mil amigos en Facebook, solos en el día del cumpleaños

Gustavo DessalGustavo Dessal tiene “62 años jóvenes”. Y los tiene, dice, “porque cada día invento una razón para desear algo”. Nació en Buenos Aires y se define así: “Soy tozudo. Soy un agnóstico, pero judío, porque creo en el saber. Tengo dos hijas y voy a ser abuelo: eso es estar cerca de la felicidad”. Pero además de tozudo, agnóstico, judío y abuelo, Dessal es psicoanalista y recientemente publicó un libro –El retorno del péndulo– con uno de los grandes pensadores contemporáneos, Zygmunt Bauman.

–Bauman y usted coinciden en que vivimos en el apogeo del principio del placer, pero que eso… ¡nos hace sufrir!

–La historia de la humanidad oscila entre el principio del placer y el de realidad, que lo modula. Y hoy estamos en el apogeo del placer y sufrimos.

–¿En qué lo observa?

–En que ya no vemos la felicidad como la mera aspiración que es sino como un derecho. Y eso no puede sino frustrarnos.

–La felicidad son momentitos.

–Antaño ser feliz era poder comer, y antes bastaba con no ser comido. Pero hoy creemos que si no somos felices es o porque hacemos algo mal o porque nos lo están haciendo. Los pacientes llegan frustrados el lunes porque el fin de semana se las prometían muy felices… y no pasa nada. Ese malestar tiene un denominador común: malinterpreta el amor.

–¿En qué sentido?

–Hablo de otra ilusión: el enamoramiento; ese momento fugaz en el que crees haber encontrado en otro lo que te falta y al unirte a él alcanzas la plenitud que es sólo una chispa, pero suficiente para encender la pasión, que a veces lleva a la locura y a la muerte.

–¿Lo de “locura y muerte” es retórico?

–Para muchos, me temo que no. Me he especializado en pacientes que sufren, mueren y matan por lo que confunden con amor.

–¿Por qué enferman?

–Buscando la felicidad que creen merecer sufren otra patología de esta época: la adicción. Se atan hasta la esclavitud a relaciones y conductas que los hacen gozar y sufrir con tal intensidad que les resulta insoportable dejarlas.

–¿Por qué enganchan tanto?

–Porque todo placer lleva aparejado su displacer. Hay quien se vuelve adicto a una relación tóxica y soporta ser humillado por un espejismo de goce. Y también quien abandona frívolamente a una pareja sólida porque ya no soporta “que tenga tanto vello”.

–La relación extraña es la que dura.

–Porque a la relación de pareja se le exige autenticidad, y antaño, en cambio, se le permitía al otro conciliar realidad y deseo discretamente por otros canales.

–Eras libre mientras el otro no supiera.

–Hoy no se tolera esa dualidad. Y la intensidad exigible en pareja contrasta con las relaciones digitales: tengo pacientes con mil amigos en Facebook que se quedan solos en su cumpleaños.

–¿Por qué el mundo online es leve?

–En el mundo digital lo que decís sólo dura el tiempo en que lo estás diciendo, por eso resulta tan vacuo y conduce a la banalidad y el déficit de atención. La comunicación universal tiene su correlato en una soledad universal.

–¿Cómo se cura la relación patológica?

–El psicoanálisis no persigue la curación, sino un diálogo que te ayude a conocerte para que toleres la frustración ante la adversidad. Paradójicamente, el adicto, al alcanzar la madurez que le libra al fin de su esclavitud, experimenta una sensación de vacío…

–¿El amor también se ha vuelto líquido?

–Como la pareja, ha cambiado mucho, pero su fondo sigue siendo el mismo. Seguimos creyendo en el amor sólido, por eso aspiramos a relaciones sinceras, leales y estables.

-¿Y también ilusorias?

–El amor participa siempre de algo ilusorio que le es irrenunciable y que lo emancipa de la biología para hacerlo singularmente humano. El amor es ilusión o no es.

–¿Cómo lo sabe?

–La inmensa mayoría de los separados aún esperan encontrar una relación genuina.

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Psique reanimada por el beso del amor -1793, Antonio Cánova-

(2014)

Fuente: Diario Clarín

Marie-Hélène Brousse, sobre el amor

 “El amor real es el amor sin piedad”

Marie-Hélène Brousse
Entrevista de Sara Carreira

-Dice que el «pegamento» que une a las familias es ahora el amor y no la biología, que era lo que ocurría antes.
-Sí. Durante siglos, una pareja formaba una familia y el amor era algo deseable, pero no fundamental. Ahora, todas las familias contemporáneas, múltiples, se fundamentan sobre el amor.

-¿Eso es mejor?
El amor es problemático porque jamás está garantizado. Por eso muchas parejas buscan algo más, que es el matrimonio, y ya vemos que les pasa también a los homosexuales.

-¿Qué le parece que su unión se llame matrimonio?
-Es importante para ellos. A mí lo que me sorprende es que quieran casarse. Mi generación puso en cuestión el matrimonio porque era un modelo paternalista, no nos parecía importante la necesidad de casarse. Pero poco a poco voy entendiendo por qué lo reivindican. El amor no garantiza nada, no permite una permanencia en el marco en el que el sujeto vive, y creo que los homosexuales reivindican este marco, esta garantía.

-¿Existe el amor verdadero?
-Lacan distinguía entre el amor imaginario, el simbólico y el real. El primero es el flechazo, donde el otro es lo que menos importa porque es algo de nuestra imaginación; el simbólico era, para Freud, el amor al padre; y después está el amor real, que es el amor sin piedad. Es un amor que no busca reciprocidad y que no se engaña, uno conoce los defectos del otro pero aún así lo quiere.

-¿La pareja está en crisis?
-Antes la unidad básica de relación social era la familia y ahora es la pareja, pero hay que entender la pareja separándola de la satisfacción sexual, hay muchos modelos de pareja compatibles con ser célibe [Brousse prepara un artículo sobre las parejas y el celibato].

-El deseo es salud, decía Lacan.
-El deseo implica el manejo de la pérdida, se desea lo que no se tiene. El goce, en cambio, no localiza la pérdida de una manera que permita utilizarla, y su único límite es la sobredosis. Pero, bueno, algo de goce también es necesario (risas).

(2012)

Fuentes:

“Hay algo antipolítico en la sexualidad”

Marcelo BarrosEntrevista a Marcelo Barros, por Pablo E. Chacón

El psicoanalista y ensayista Marcelo Barros sostiene que el sintagma relaciones violentas se diferencia del otro, relaciones conflictivas: si en el primero existe un horror o un desprecio hacia lo femenino, en el segundo la cuestión se transforma en estructural, situando un malentendido y al amor freudiano en una zona de distribución desigual o injusta.

—¿Qué especificidad tienen las relaciones violentas para el psicoanálisis de orientación lacaniana? ¿Es o no es una redundancia decir relaciones violentas?
—No es una redundancia. Porque si bien no hay relación sexual, y al estar atravesados por el lenguaje, las relaciones entre el hombre y la mujer se ven perturbadas, esa falla estructural es solamente la condición de partida. Pero a partir de esa condición inicial hay diferencias abismales entre una disfunción y otra, por decirlo así. Podemos decir que toda relación es conflictiva, pero no es lo mismo que ese conflicto se tramite por la violencia o por la palabra, aunque esa palabra sea violenta o hiriente. Que un hombre golpee, viole o mate a una mujer es algo gravísimo que no puede dejarnos indiferentes, y mucho menos disolverlo en la hipertrofia de los conceptos, que es una moda intelectual que los lacanianos debemos evitar. Decir que todo el mundo es loco es una verdad, pero también es una afirmación que le resta operatividad a la noción de locura. Lo mismo podemos decir de la violencia. Debemos preservar las herramientas conceptuales necesarias para pensar fenómenos como el que nos ocupa. Por supuesto, el psicoanalista interviene en el caso por caso, pero como Freud sostuvo, tampoco está impedido de hacer formulaciones generales, lo cual no significa caer en la zoncera de hacer perfiles del hombre violento o la mujer victimizada. Esas cosas llevan a lo peor. Es verdad que hay que ver en cada caso de qué se trata, pero también este problema ya es un signo general del malestar en la cultura propio de la época. De un modo muy general, yo diría que en las relaciones violentas tenemos sujetos que viven trágicamente su sexualidad, con una carga de malestar excesiva, donde hay un horror y un desprecio a lo femenino. También en la mujer, cuando se echa la culpa de la situación. Y esto vale también para el varón violento, aunque de modo muy diferente, en tanto esa violencia es un índice de la impotencia para abordar a una mujer. Por supuesto, no está de más decir -y hay que resaltarlo- que considerar el caso clínico del hombre violento no lo exime para nada de la responsabilidad jurídica y el castigo que merece por sus actos de violencia.

—¿Por qué pensás que el feminismo clásico se lleva tan mal con el concepto de goce (o con la connivencia entre partenaires, uno de los cuales, por lo general la mujer), se presenta como víctima?
—El feminismo es un movimiento político, y me parece que todo movimiento político sea cual sea, de derecha o de izquierda, conservador o progresista, se va a llevar mal con el discurso analítico. Hay algo antipolítico en la sexualidad. Explicar esto como corresponde llevaría mucho tiempo, pero me remitiría a la frase de Mazarino que Lacan cita en La ética del psicoanálisis: La política es la política, pero el amor seguirá siendo el amor. No es una frase romántica. Lo que eso quiere decir es que la política busca, cada cual a su manera, la justicia y el bien. El problema es que el amor no tiene nada que ver con la justicia, y tampoco con el bien, aunque por añadidura haga el bien. Decididamente no es justo. El amor en sentido amplio, erótico, freudiano. Las relaciones amorosas no son justas, no son 50 y 50, y ya sabemos que el reparto equitativo se da únicamente en el juicio de divorcio cuando el amor ya se ha extinguido, cuando él y ella son solamente sujetos de derechos civiles. Y eso es lo único que el feminismo puede ver.  Hay un profundo carácter antisocial de la sexualidad que Freud destacó desde un principio, y del que han hablado todos los grandes poetas. El feminismo manifiesta una gran incomprensión para lo sexual, porque lo sexual es en esencia políticamente incorrecto. Siempre. Y el goce, a veces más otra menos, pero siempre, implica un mal. Como decía una mujer, todo lo que me gusta hace mal al hígado o está casado. El feminismo y las perspectivas de género sólo pueden ver modelos de identificación sin el componente pulsional, sin lo demoníaco de la sexualidad, sin el falo. El género es eso, una sexualidad descafeinada, light. Y por eso el feminismo es una versión reciclada del puritanismo. Además, creen que hablar del goce presente en las relaciones violentas es culpar a la mujer y exonerar al varón, lo cual es de una imbecilidad superlativa. El psicoanalista no niega la enorme dificultad que implica para una mujer amenazada el salir de esa situación de la que no es para nada fácil salir. Sin embargo, tampoco hay que negar el hecho de que muchas veces la víctima vuelve a entrar en la trampa. Eso significa que no salió nunca y que hay factores subjetivos que la retienen.

—¿Cómo pensar la actual explosión mediática de la violencia de género? ¿Alcanza con desplegar la diversidad o la proliferación de los nombres del padre, o la decadencia de la imago paterna?
556e3906c21fb_260x390—En tu pregunta hay que distinguir el fenómeno de la violencia de su tratamiento mediático. Con respecto al primero, hay que entender que es algo complejo y seguramente no todo se explica por la declinación de la función paterna. Por eso en la presentación del libro de Patricia Sawicke y Beatriz Stillo, ellas hablaron de la importancia de la asistencia legal, que es otra parte del problema, sin contar los aspectos sociales y políticos, la asignación de recursos, etc. La cuestión de lo que Silvia Ons mencionó como una virilidad sin Nombre del Padre me parece central desde el punto de vista analítico, siendo que la violencia de género es, digámoslo, violencia de hombres hacia mujeres. Y es porque en la violencia está en juego un goce fálico y sadiano -no sádico- sin regulación. Sin el Nombre del Padre, sin eso que dice que no a la función fálica no hay posición viril que se sostenga. Y la posición viril es antes que nada la posición ante una mujer en tanto Otra, es decir, ante una mujer como mujer y no como madre.  No hace falta ser psicoanalista para saber que un hombre que maltrata a las mujeres es impotente para abordar lo femenino, y esto no es cuestión de sexología, de performance sexual. Bancar y bancarse a una mujer, es algo que no tiene nada que ver con el rol de proveedor, ni con hazañas de hombría. Es algo que se ve muy bien en la película Once were warriors de Lee Tamahori. Hay una convergencia entre paternidad y masculinidad. La posición paterna es esencial para un hombre. Lacan lo señala de punta a punta de su enseñanza. Eso no pasa por formar una familia, por tener o no hijos, sino por la posición ante el deseo femenino. No hay que enrolarse en ninguna nueva masculinidad, no hay que feminizarse ni  hacerse vegetariano o progre para entender que la violencia hacia una mujer no es precisamente un gesto de virilidad. Por algo los hombres que incurren en esa canallada lo hacen en secreto, lo niegan con descaro y no se vanaglorian de ello ante los demás hombres ni ante nadie. El reglamento de los Granaderos establecido por San Martín en 1812 establecía la expulsión del regimiento para el que pusiese una mano sobre una mujer aunque hubiese sido injuriado por ella. Por eso la violencia hacia una mujer revela una virilidad fracasada, impotente. Cuando digo esto no se trata de ser hombre o no serlo en el sentido de ser corajudo u otras bobadas por el estilo. La violencia hacia la mujer es algo mucho peor que un acto de cobardía, porque es atentar contra la causa del deseo.

En cuanto al factor mediático, lo que cabe preguntarse es por las estrategias de propaganda y su eficacia. Una crítica que yo haría es que algunas propagandas se orientan de modo subliminal hacia la configuración de imaginarios cristalizados que victimizan a la mujer y demonizan al hombre. Y cuando digo mujer y hombre me refiero a todas las mujeres y todos los hombres. Se naturaliza veladamente la identificación de la mujer con el ser víctima, y la identificación de lo viril con ser un canalla. Esa estrategia es muy perjudicial y se revela ineficaz para dar una respuesta adecuada al problema. En principio porque la víctima no inspirará buenos sentimientos, sino todo lo contrario, y eso reintroduce el problema que se pretendía resolver. En cuanto a los hombres, transmitir la idea de que macho es igual a machista, a golpeador, a violador o pedófilo, me parece perjudicial. Se da a entender que para tener una relación amorosa con una mujer hay que ser un hombre femenino, o sea, dejar de ser hombre. Ante esa estrategia el tipo que es golpeador lo seguirá siendo, pero lo peor es que ese mensaje aleja a los que no lo son. Los ahuyenta, y me parece que es importante que los hombres se involucren en el tema y no sientan que este es un asunto puro y exclusivo del discurso feminista.

—¿Existe una retroalimentación entre los medios y la desaparición de ciertas formas de la privacidad (debido al uso de las redes sociales, y a la ausencia de claridad en la jurisprudencia) para que estas situaciones detonen?
—La referencia a la privacidad nos envía al tema del próximo Encuentro de San Pablo. La privacidad es un derecho que puede ejercerse o no, y que puede estar reglamentado o no. Pero lo importante es diferenciarla de la opacidad, que es algo vinculado al síntoma, y yo diría que también a la Ley. La sociedad de control es una sociedad que no tolera la opacidad y que busca una transparencia absoluta. En cierto modo es una consecuencia indeseada de lo que llamamos Las Luces. Rousseau tenía el ideal de una sociedad transparente. La paradoja que con mucha agudeza señala Foucault, es que la voluntad de control es el complemento nefasto de eso, y que aparece en el Panóptico de Bentham. A grandes rasgos diría que la sociedad de control promueve una subjetividad cada vez más narcisista, tomada por la ilusión de ser transparente a sí misma. Esto no es ajeno al aumento de las tensiones agresivas, que es lo que Lacan señala en La agresividad en psicoanálisis. El vaticinaba el agravamiento de la guerra de los sexos. Y agrega algo muy importante, y es que nuestra época muestra un problema enorme al confundir la agresividad con la fuerza. Es lo que pasa hoy, sobre todo en lo que a la masculinidad se refiere. Ser agresivo no es ser fuerte, sino más bien lo contrario. En esto yo seguiría a Santo Tomás de Aquino, para quien la virtud de la fuerza reside en soportar una herida, y no en ser invulnerable. Si lo tradujera a términos analíticos, diría que la fuerza reside en soportar la castración, y sobre todo soportar esa castración que la feminidad encarna. Para el varón, no retroceder ante la mujer. Para la mujer, no retroceder ante la mujer que ella misma es. Cuando un hombre violenta a una mujer no avanza, retrocede. Porque una mujer en tanto Otra suscita angustia, como todo lo que es valioso en esta vida, como la vida misma. Esa otredad implica también opacidad, y por eso Lacan dice que para el varón una mujer es un síntoma. La agresividad es un modo de defensa, de defensa impotente, ante la angustia que eso suscita.

—¿Qué puede decir el psicoanálisis en la actualidad, cuando las garantías del Otro no están aseguradas por ninguna causa política, religiosa, etcétera, a menos que sostengan algunos rasgos fundamentalistas?
— Los analistas tendríamos que ser prudentes al hablar del mundo o la época. Justamente porque lo real no es un todo y porque el mundo es bastante más grande que el barrio de Palermo de Buenos Aires. Dicho esto, creo que hay que revisar la cuestión de la ausencia de garantía. No habrá garantías pero hay controles. Cada vez más controles. Si existiera algo así como el sujeto moderno, yo diría que es un sujeto cada vez más cargado de derechos. Pero no se lo ve más tranquilo por eso. Me parece que hay que revisar el fetiche ideológico que sostiene que el sujeto tradicional tenía todo garantizado. Creo que lo único que tenía garantizado era la castración. La felicidad no formaba parte de sus pretensiones y esto está dicho por Lacan y muchos otros pensadores. Tenemos una imagen bastante boluda de la boludez religiosa, porque lo cierto es que el tipo de otras épocas no pensaba que la vida tuviese el sentido de hacerlo feliz. No sentía que el universo tuviese el plan de satisfacer su derecho a la felicidad. Quien crea que la religión sostiene que Dios sabe lo que hace, que va a cumplir sus promesas y que nos garantizará un happy end no sabe nada de religión. Basta con leer el Libro de Job o el Salmo 89. El sujeto actual siente, en cambio, que tiene el derecho a ser feliz. Tal vez no haya un gran Otro, pero la gente exige ser feliz, exige derechos y garantías, y los derechos y las garantías se multiplican. Se  exige que este producto insensato que es la vida no esté fallado, que funcione. Me inclino a pensar igual que Lacan respecto del narcisismo exacerbado de la subjetividad moderna. Y es dentro de este mundo pretendidamente feliz, pretendidamente feminizado, pretendidamente igualitario, que la violencia en las relaciones entre los sexos emerge como un síntoma de la época. Hay un pasaje de Las formaciones del inconsciente donde a Lacan le llama la atención el final de la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley: la escena final es la del héroe flagelando a una muchacha. Y después todos empiezan a hacer lo mismo, ese acto se expande como reguero de pólvora.  La imagen del hombre flagelando a la mujer emerge en el contexto de una utopía social en la que el goce es el único valor. Da que pensar.

(2015)


Fuente: Télam

Hasta que el estado de Facebook nos separe

“Me gusta” o “No me gusta”, converso aquí con mis botones… es lo de menos, querido Mark Zuckerberg. Lo que importa es el estado amoroso, que es muy pobre en sus opciones frente a los vínculos y sentimientos fragmentados de nuestros días.

No sirve llorar el amor líquido que se escurre por el desagüe. Tenemos también que tirar buenas ondas sobre el actual estado de las cosas. Las opciones existentes –soltero, casado, novio, divorciado, viudo, etc– son válidas, pero aún están demasiado ligadas con los tiempos católicos del “hasta que la muerte nos separe.”

Sí, Mr. Zuckerberg, el “estoy en una relación abierta” ya fue un buen avance de su Facebook. La “relación complicada”, también, ofrece humor para quien no cae en el cuento de transformar la red social en un nuevo y falso paraíso.
Aquí, con mis botones, queridísimo Zuckerberg –aún tan joven y tan novato en el amor– dejo sugerencias de nuevos estados:

  • Estoy en un rollito primavera –Ideal para los amores rápidos y circunstanciales de la estación que comienza el próximo miércoles, 23, aquí en el Trópico de los pecados, querido profesor Ronaldo Vainfas. Evidentemente un homenaje al clásico manjar culinario chino. Con una salsita roja agridulce tan amada por las mujeres.
  • Estoy en poliamor –Con la cama en la veranda, como diría mi amiga escritora Regina Navarro Lins, brava defensora de la posibilidad de amar a más de una persona al mismo tiempo. ¿Será?
  • Love me Tinder –Vale por la parodia, chiste infame e ironía al clásico de Elvis: “Love me tender, love me sweet/ Never let me go…” Todo aquello que la aplicación de encuentros no contempla.
  • Hasta que la próxima polémica nos separe –Ideología, quiero una para vivir. Usted sabe, como en el repertorio de Cazuza, que su partido es un corazón partido, y que la posición política del otro puede representar una ruptura. Una simple publicación en la que no pongas “Me gusta” puede ser fatal, todo cuidado es poco. Ni siempre el amor, largo o pasajero, es “Gustable.”
  • Estoy en una relación novio neurótico, novia nerviosa – Ver películas de Woody Allen. Pronto.
  • Estoy en una relación platónica –En aquel llueve-no-moja griego, hay que recordar siempre un mantra del poeta marginal Eduardo Kac: “Para curar un amor platónico, únicamente una cog… homérica.”
  • Estoy en una relación de fachada –Sólo la falsedad impera, teatro, puro teatro. Como canta mi ídolo Márcio Greych: Apariencias nada más / sostendrán nuestras vidas…
  • Estoy en una relación de ‘hablar en serio’ –Cuando uno de los dos se pregunta: ¿puedo llamar a ésto una relación?
  • Estoy de luto amoroso, no moleste –Respetable fase de transición sin la cual no se cura de la relación de la que se fue. A quien no la respeta le va mal.
  • Me acaban de dar una patada en el c…–Asumir la derrota amorosa, en vez de fingir que todo es agradable y lindo en esta vida, es un avance y más. Aconsejo, sólo el barro cura.
  • Estoy en una resaca moral del infierno –Después de los 40, la resaca aunque no fuera de fondo moral, se vuelve un dengue existencialista, algo paralizante, etc. ¿En aquellos días siguientes que mandaste un mensaje o publicaste algo para tu ex en la madrugada? Sin comentarios.
  • Estoy en una relación con un hombre casado –Él dice que no duerme en la misma cama con su mujer, etc. Aquel bla bla blá que todos conocen muy bien. Y todo continúa en la misma por meses, años, etc. ¿La gente sigue llevando esa vida?
  • Estoy en una relación con una mujer casada – En la que ella pide una señal de confianza mínima para largar al desalmado. En la que usted, hombre sospechoso, no es garante. Durante los drinks y los encuentros, se hace el más macho, y al día siguiente maúlla a felinos ronroneantes, mimimis neuróticos de un gatito cobarde.
  • ¿Estoy en una relación? El status quo de la duda absoluta de estos tiempos modernos queridísimo Zuckerberg. Cosa que usted, un creador, certero y afortunado joven nunca se preguntaría en la vida. Siempre me pareció bonito su amor por Priscilla Chan. Fofolândia “marlinda”.
    Sabemos, sin embargo, amigo, hay maneras inclasificables y locas formas de amar en esta corta vida no siempre “Me gusteable.”.

Un beso del viejo cronista preocupado con el amor en tiempos tecnológicos.

Xico Sá, escritor y periodista, y comentarista del programa “Papo de Segunda” (GNT) y autor de ““O livro das mulheres extraordinárias” (ed. Três Estrelas) entre otras obras.

Artículo original: Até que o status do Facebook nos separe

Nota: se han agregado algunos enlaces para que se puedan entender las referencias.
Traducción de M. Ávila

¿Yo sé todo de vos?

Amar es mucho más complejo que la oposición claro u oscuro. Los matices son lo que mejor rima con el romance.

Sé todo de vos. Así se resume la nueva fiebre que ataca a las parejas desconfiadas pero, expertas en las nuevas tecnologías. Sé todo de vos: leo tu WhatsApp, bajo tus e-mails, me meto en tu Instagram, reviso tu Facebook. Y si da, grabo tus conversaciones y filmo tus momentos. Además, no sólo te controlo a vos, sino también controlo a tus compañeros, tus hijos, tus padres y tus amigos más cercanos.

Yo sé todo de vos y, sólo sabiendo todo, es que puedo confiar y declarar mi amor. A esto lo llamo transparencia, puedo aceptar “desacuerdos”, pero quiero una relación transparente en la que, todo lo que vos sepas de ti mismo, yo también lo sepa.

Yo sé todo de vos. Oh, quimera pos-moderna, ilusión de los inseguros. Nada de esto, personitas conectadas, nada de pensar que su intromisión les va a traer mayor conocimiento sobre alguien.

Buenos tiempos aquellos en los cuales las personas se avergonzaban de abrir un cajón ajeno y cuando la cartera de la dama y el maletín del caballero eran intocables. Ahora, con la disculpa ingenua de ver una foto, o de que su celular estaba sonando, los “Sherlock” conectados se permiten incursiones invasivas e indecentes. Ellos piensan que si la tecnología está ahí entonces, es para ser usada, cuando la ética reza lo contrario: la existencia de la posibilidad no autoriza su uso.

Agreguemos que hay un error básico en imaginar que se conoce a una persona por recoger informaciones supuestamente secretas.

Ningún ser humano es traducible en palabras, lo más esencial de nosotros mismos no tiene palabras, ni las tendrá nunca. Ni siquiera la propia persona sabe de sí mismo, es lo que verifico todos los días en los analizantes. El psicoanálisis mejora ese conocimiento, pero no tiene intención de agotarlo. Si una parte del tratamiento lo lleva a conocerse mejor, otra, tal vez la más importante, apunta a dar las condiciones para que la persona decida sobre lo que no conoce y que nunca conocerá de si y de los otros.

En nuestro tiempo, es esperable una revisión del concepto de tradición y fidelidad. No alcanza más con aferrarnos a la vieja distinción simplista y maniqueísta de lo blanco y lo negro, de lo fiel e infiel. El amor, especialmente en la pos-modernidad, no se expresa bajo ninguna moral de las costumbres. Amar es mucho más complejo que la oposición claro u oscuro. Son los matices lo que mejor rima con el romance.

Alguien podría preguntar porque en estos tiempos pos-modernos continuamos presenciando crisis de celos apasionadas. A pesar de que parece contradictorio no lo es. Justamente porque vivimos una época múltiple y flexible es que los celos se exacerban como un intento –falso, sin duda- de calmar la angustia de la elección.

Retomando, una investigación afirma que el 40% de los casos de traición en Italia fueran provocados por el WhatsApp.

Conclusión: ¿tirar el celular por la ventana? Claro que no. Solo beneficiaría a los fabricantes. Mejor tirar por la ventana aquella pequeñez humana que no sabe diferenciar entre lo que es la escena y lo que es la obscenidad.

Las personas creen que más allá de la escena está escondida una verdad mayor, La Verdad mayúscula.

Gracioso engaño, uno de los sentidos de la palabra “obsceno” es justamente “más allá de la escena”. Así, ir más allá de la escena, de lo que está allí, visible, querer sondar más para tener más seguridad –como dicen- no trae ninguna nueva verdad. Simplemente, es obsceno.

Traducción al español: Silvina Rojas

Publicado en Revista Virtualia