“En la urgencia la vida cambia de golpe y llega a perder el sentido”

Entrevista a Ricardo Seldes

“Son los tiempos de lo efímero, lo veloz, lo urgente. Vivimos en crisis. Lo que aún no queda claro es si la urgencia es el síntoma de una época o si la época toda es un síntoma. Pero lo cierto es que la vida en crisis es un paradigma que se está armando”, dice el psicoanalista Ricardo Seldes. Sus palabras sacuden como una bofetada, pero la sacudida ayuda a pensar, en estos tiempos en que -también resalta- la urgencia compele a actuar “y se clausura el pensar”.

Seldes dictó en la Facultad de Psicología de la UNT un curso sobre abordaje de las urgencias subjetivas, “esas situaciones en las que de repente el sistema en el que los sujetos funcionan en el mundo deja de funcionar”. Y en esos momentos, explota la angustia o ataca el pánico (cosas que, cabe acotar, no son lo mismo; ver “Diferencias importantes”). Del dictado del curso, organizado por la Secretaría de Extensión Universitaria, participó también el tucumano Rafael Krasnogor.

En el principio, el hospital

“En las urgencias, algo en la vida se modifica profundamente, produciéndole al sujeto un sufrimiento intolerable. Ofrecerle una asistencia inmediata le da la posibilidad de captar, con las variables que trae, aquello que lo ha sumido en la desesperación, lo ha dejado perplejo, agobiado e incluso descorazonado. Y el psicoanálisis puede hacerlo”, asegura, y cuenta que en su vida este tipo de abordaje nació en el Hospital de Lanús.

“A finales de los 80 los efectos de la dictadura eran complicados. Ni psicólogos ni psiquiatras querían ocuparse de las urgencias, y estas eran muchas. De a poco armamos un equipo de trabajo diurno, sin guardias, para tratar de inmediato, en forma breve y en equipo, las situaciones de crisis”, recuerda. E ironiza: “había que intentarlo; mal no podía hacer: el psicoanálisis no tiene contraindicaciones”. Enfatiza que la experiencia de hacer psicoanálisis en el hospital -“la trinchera”, lo llama- fue una increíble escuela. “La desesperación empuja a hacer… y la gente desesperada recurre al hospital. Allí están los pacientes más difíciles, y por eso mismo, la práctica hospitalaria debería ser el pivote esencial de la formación del psicólogo”, advierte.

Asegura que el mejor modelo para pensar las emergencias es el de la psicosis: “comparten la falla, la irrupción de un fenómeno, que se produce en el pensamiento o en el cuerpo, que carece de sentido para el sujeto”, describe. “Cuando el sujeto viene al hospital por la urgencia, como en el delirio, quiere entender qué le pasa; hay una búsqueda de sentido. Por eso la escucha puede operar, porque permite desplegar lo que no pudo ser dicho”, explica. Pero -señala Seldes- no para “reinstaurar” el orden: no se trata de volver al punto anterior, sino de poder encontrarse con lo nuevo que surge, aunque ello implique un paso por la historia de vida.

De urgencia a emergencia

Aunque la clave sea la palabra, no se niega a las respuestas medicamentosas. “A veces la angustia es tan invasiva que el pacientes se queda sin poder decir. Lo ideal es trabajar en buenas relaciones con el equipo de psiquiatras”, destaca.

“En la urgencia la vida cambia de golpe y pierde sentido. Abruptamente, se clausura el pensamiento -insiste-; el sujeto se siente empujado a actuar y sus acciones en muchos casos lo ponen en riesgo”.

La salida, entonces, es provocar una emergencia subjetiva, cosa que se consigue con la escucha. “El padecimiento del sujeto que sufre la urgencia es masivo y sin sentido. Aunque no puede sostener una demanda, poner en palabras su angustia amorfa le permite trasladar de alguna manera su sufrimiento a otro y organizarlo de a poco en segmentos que, al ser dichos, van cobrando sentido. Este paso de la urgencia a la emergencia abre las puertas a que aparezca lo silenciado… Si una demanda puede articularse luego de eso, habrá lugar para una nueva decisión”.

Diferencias importantes

Los desbordes de angustia y los ataques de pánico son justamente lo opuesto

“Las urgencias subjetivas pueden tomar diferentes formas, y dos de las más frecuentes son, también con frecuencia, confundidas entre sí: los desbordes de angustia y los ataques de pánico”, señala Rafael Krasnogor, responsable académico del curso. Y explica: “en la angustia lo que aparece es el miedo a la muerte como consecuencia de un otro (imaginario) amenazante; en el ataque de pánico, en cambio, lo que da miedo es la vida, a hacer la vida con otros, a jugarse… En el ataque de pánico el sujeto queda confrontado al temor de perder, por eso es que no arriesga. Hoy sabemos en general cómo administrar las ganancias, sobre todo si son de otros; pero administrar las pérdidas es algo intolerable”.

LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO

2017


Fuente: La Gaceta